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Santas Perpetua y Felicidad

Santas Perpetua y Felicidad
autor Giovanni Gottardi año 1780-1790 título Martirio delle sante Felicita e Perpetua
nombre: Santas Perpetua y Felicidad
título: Mártires
recurrencia: 07 de marzo




El relato de la pasión de Santa Perpetua, Santa Felicitas y sus compañeros es uno de los valiosos tesoros de la literatura de los mártires y un documento auténtico preservado para nosotros, con las palabras de los mártires y de sus amigos.

Sucedió en la gran ciudad africana de Cartago, en el año 203, durante las persecuciones ordenadas por el esperador Severo,' cuando cinco catecúmenos a fueron arrestados por su fe. El grupo constaba del esclavo Revocatus; su compañera de esclavitud Felicitas, la cual esperaba el nacimiento de un hijo; dos hombres libres, Saturninus y Secundulus, y una matrona de veintidós años, Vivia Perpetua, esposa de un hombre de buena posición y madre de un pequeño niño. El padre de Perpetua era pagano, su madre y dos hermanos eran cristianos; uno de los hermanos, aún catecúmeno.

A los cinco prisioneros se unió pronto otro, llamado Saturus, quien parece haber sido su instructor en la fe y que escogió compartir con ellos el castigo. Al principio se les mantuvo bien custodiados en una casa privada. Perpetua escribió un vívido relato de lo que sucedió.

«Mientras me hallaba aún con mis compañeros, y mi padre, en su afecto por mí, trataba de hacerme resistir de mi propósito mediante argumentos que debilitasen mi fe, «Padre —le dije—, ves esta nave, recipiente de agua o lo que sea?... ¿Puede ser llamado por otro nombre de lo que es?» «No», me replicó. «Pues yo tampoco puedo llamarme por otro nombre de lo que soy : una cristiana.» Entonces mi padre, irritado por la palabra «cristiana», se arrojó sobre mí como si quisiera sacarme los ojos, pero sólo me golpeó y de hecho fue vencido... Entonces di gracias a Dios por el alivio de estar, por unos días, separada de mi padre... y durante esos pocos días fuimos bautizados. El Espíritu Santo me ordenó, después del rito sagrado, que no rezase más que pidiendo fuerzas para el sufrimiento.

»Pocos días después nos llevaron a la prisión y yo estaba muy atemorizada, pues nunca había visto tanta oscuridad. ¡Qué día de horror! Terrible calor, por causa de la multitud! ¡Trato brutal de los soldados! Para coronar todo aquello, estaba atormentada de ansiedad por mi niño. Pero Tertius y Pomponius, esos benditos diáconos que nos socorrían, pagaron por nosotros para que nos trasladasen, durante unas horas, a una parte mejor de la prisión, y hallamos cierto alivio. Todos salieron de la prisión y nos dejaron solos. Trajeron a mi niño y yo lo alimenté, pues ya estaba debilitado por la falta de alimento. Hablé ansiosamente a mi madre tocante a él y alenté a mi hermano y enconmendé mi hijo al cuidado de ellos. Pues yo estaba preocupada al ver que ellos estaban preocupados por mí. Durante muchos días sufrí tales ansiedades, pero obtuve permiso para que mi hijo quedase en la prisión conmigo, y cuando alivié mi aflicción y angustia por él, rápidamente recobré la salud. Súbitamente mi prisión se convirtió en un palacio para mí y hubiera preferido estar allí a estar en cualquier otra parte.

»Entonces mi hermano me dijo: «Señora hermana, ahora estás siendo altamente honrada, tan altamente que quizá puedas rogar por una visión que te descubra si es el sufrimiento o la libertad lo que te espera.» Y yo, sabiendo que obtendría palabra del Señor, en cuyo nombre sufría, le prometí confidencialmente: «Mañana te traeré la palabra.» Y recé, y esto es lo que me fue mostrado : Vi una escala dorada de maravillosa longitud que llegaba al cielo, pero tan estrecha que sólo de uno en uno se podía ascender; y a los lados de la escala había amarradas toda clase de armas de hierro. Había espadas, Lanzas, garfios, dagas, de modo que si alguien subía descuidadamente o sin mirar hacia arriba quedaba mutilado y su carne presa en las armas. Y al pie de la escala había un enorme dragón que yacía en espera de aquéllos que subían y que quería atemorizarlos con aquella ascensión. El primero que subió era Saturas, quien por su propia voluntad se había entregado por nuestra causa, pues nuestra fe era obra suya y él no estaba con nosotros cuando nos arrestaron. Alcanzó la cima de la escala y, volviéndose, me dijo : «Perpetua, espero por ti, pero ten cuidado de que el dragón no te muerda.» Y yo dije : «En nombre de Jesucristo no me hará daño.» Y el dragón apartó la cabeza suavemente, como si me tuviera miedo, justamente al pie de la escalera; y cuando subí el primer escalón hollé su cabeza. Y subí y vi un vasto jardín y, sentado en medio, un hombre alto, de pelo blanco, vestido como un pastor, ordeñando ovejas; y alrededor suyo había muchos miles vestidos de blanco. Él alzó la cabeza, me miró y dijo : "Seas bien venida, hija mía." Y me llamó y me dio unas cuajadas de la leche que ordeñaba, yo las recibí en mis manos juntas y comí, y todos los que se hallaban alrededor dijeron : «Amén.» Al oír esa palabra me desperté, aun paladeando algo dulce. En seguida le conté a mi hermano esto y comprendimos que debíamos sufrir, y por ello empezamos a no esperar en este mundo.

»Pasados unos días se nos dijo que íbamos a ser examinados. Mi padre llegó de la ciudad, lleno de ansiedad, y subió la colina esperando todavía que debilitaría mi resolución. «¡ Hija! —me dijo— : ¡ Apiádate de mis canas! ¡Apiádate de tu padre, si he merecido que me llames padre, si te he cuidado hasta esta primavera de tu vida, si te he amado más que a tus hermanos! ¡ No hagas que sea oprobio del humano linaje! ¡Mira por tu padre y por la hermana de tu madre, mira por tu hijo, que no podrá vivir después de que tú te hayas ido! ¡ Olvida tu orgullo; no nos vuelvas infelices a todos! Ninguno de nosotros podrá volver a hablar libremente si la calamidad te hiere.» De esta manera habló mi padre, en su amor por mí, besando mis manos y arrojándose a mis pies y con lágrimas, llamándome no con el nombre de «hija», sino con el de «señora». Y yo me afligí por causa de mi padre, pues únicamente él entre todos mis familiares no tendría alegría en mi martirio. Y procuré confortarlo diciendo : «Lo que suceda en esa plataforma será lo que Dios quiera, pues ciertamente nosotros no estamos en nuestro propio poder, sino en poder de Dios.» Pero él se marchó lleno de aflicción.

»Al día siguiente, mientras nos hallábamos comiendo, nos requirieron súbitamente para ser examinados y fuimos al foro. La noticia del juicio había cundido rápidamente y había atraído a una enorme multitud al foro. Nos colocaron en una especie de plataforma, delante del juez, el cual era Hilarión, procurador de la provincia, ya que el procónsul había muerto últimamente. Los otros fueron interrogados antes que yo y confesaron su fe. Pero cuando me llegó el turno, mi padre apareció con mi hijo y tirando de mí, escalones abajo, me reconvino : « ¡Ten piedad del niño!» El juez Hilarión se unió a mi padre y dijo : «¡ Apiádate de las canas de tu padre! ¡Apiádate de los tiernos años de tu hijo! Ofrece sacrificio para la prosperidad de los emperadores.» Yo repliqué «No.» «¿Eres cristiana?», me preguntó Hilarión, y yo contesté : «Sí lo soy.» Entonces mi padre trató de arrojarme de la plataforma, por lo cual Hilarión ordenó que se
le golpeara y fue golpeado con una varilla. Yo sentí esto tanto como si :o misma hubiera sido golpeada, tan profundamente me afligí tl ver a mi padre así tratado en su avanzada edad. Entonces el juez dictó sentencia contra todos nosotros y nos condenó a las fieras salvajes, y con gran alegría volvimos a nuestra prisión. Luego, como mi niño estaba acostumbrado al pecho, mandé a Pomponius el diácono para que lo pidiera a mi padre, quien, sin embargo, se negó a mandarlo. Y entonces Dios dispuso qu( el niño ya no necesitara mamar y mi leche ya no me incomod j.»

Secundulus parece haber muerto en la prisión antes del examen. Antes de pronunciar la sentencia, Hilarión mandó que Saturus, Saturninus y Revocatus fuesen azotados y Pe.:petua y Felicitas golpeadas en el rostro. Entonces se les reservó para los juegos de gladiadores que debían llevarse a cabo para los soldados en el festival de Geta, el joven príncipe a quien su padre, Severo, había hecho César cuatro años antes.

Mientras estuvieron en la prisión, tanto Perpetua como Saturus tuvieron visiones, las cuales describieron en sus escritos con gran detalle.

El resto del relato fue añadido por otra mano, aparentemente por la de un testigo ocular. Felicitas temía que quizá no le sería dado sufrir con el resto, ya que a las mujeres embarazadas no se las enviaba a la arena. Sin embargo, dio a luz en la prisión a una niña, la cual fue r.doptada en seguida por uno de sus compañeros cristianos. Puct!ns, su carcelero, era en esos días un converso e hizo todo cuanto pudo por ellos.

El día anterior a los juegos les dieron la última comida usual, a la cual se le llamaba «el banquete libre». Le s mártires se esforzaron en hacer de ella un Ágape o Festín de Amor' y a aquéllos que se apiñaban alrededor les hablaron de los juicios de Dios y de su propio goce en sus sufrimientos. Tan sereno valor y confianza as

A cada uno de ellos Dios otorgó el martirio que había deseado. Saturus había ansiado ser expuesto a varias clases de fieras salvajes para que sus sufrimientos se intensificaran. Él y Revocatus fueron primeramente atacados por un leopardo. Luego Saturus fue expuesto a un jabalí, que en lugar de atacarlo se volvió contra su guardián. Entonces fue atado al potro, enfrente de un oso, pero el animal se negó a salir de su antro y entonces Saturus fue reservado para otro encuentro. El retardo le dio oportunidad de hablar al carcelero convertido Pudens: «Ya ves que lo que deseaba y se me había anunciado ha sucedido. ¡Ninguna fiera me ha tocado! Así, pues, cree firmemente en Dios. Y ve ahora, yo iré hacia allá y con un bocado de un leopardo todo habrá acabado.» Y, tal como había dicho, dejaron salir a un leopardo que saltó sobre él y en un momento fue mortalmente herido. Viendo correr la sangre, la cruel muchedumbre gritó : « ¡ Ahora está bien bautizado!» Muriéndose, Saturus dijo a Pudens: «Adiós! Acuérdate de mi fe y de mí y no permitas que estas cosas te espanten, sino que te fortifiquen.» Entonces le pidió a Pudens un anillo de su mano y, mojándolo en su propia sangre, se lo devolvió al carcelero como recuerdo.

Luego expiró. Perpetua y Felicitas fueron expuestas a un toro bravo. Perpetua fue atacada primero y cayó de espaldas, pero volvió a levantarse y, modestamente, recogió su túnica sobre su cuerpo; luego, después de recoger su cabello, por miedo a parecer que estaba en duelo, se alzó y fue a ayudar a Felicitas, la cual había sido herida gravemente por el animal.

Lado a lado quedaron de pie, esperando otro asalto; se las condujo a la puerta Sanevivaria, en donde las víctimas que no habían muerto en la arena eran acabadas por los gladiadores. Allí Perpetua pareció salir de un éxtasis y no podía creer que ya había sido expuesta ante el toro bravo hasta que vio las señales de sus heridas. Entonces llamó a su hermano y al catecúmeno : «Perseverad en la fe y arriaos uno al otro. Que nuestros sufrimientos no sean piedra de escándalo para vosotros.» Pero entonces la voluble muchedumbre clamaba porque las mujeres volvieran a la arena. Ellas así lo hicieron gustosas, y luego de darse una a otra el beso de paz, fueron muertas por los gladiadores. Perpetua tuvo que guiar la espada del nervioso verdugo hasta su garganta.

La historia de estos mártires se ha relatado en detalle, por ser típica de muchas otras. No hubo santos más universalmente honrados en todos los primeros calendarios y martirologios de la Iglesia. Sus nombres aparecen no solamente en el calendario Filocaliano 4 de Roma, sino también en el Calendario Siríaco.

Los nombres de Felicitas y Perpetua se encuentran en la oración Nobis quoque peccatoribus, en el Canon de la Misa. En el siglo iv sus «Actos» se leían públicamente en las iglesias de África y eran tan altamente apreciados que Agustín, obispo de Hipona, creyó necesario protestar en contra de que se colocaran en el mismo nivel que las Escrituras.

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