Apenas le conocemos más que como doctor. Nació en Imola (Italia) y allí murió. Fue obispo de Ravena durante 20 años.
Conservamos de él 180 sermones llenos de espiritualidad y sentido común. Con justicia se le ha puesto el apodo de Crisólogo (pico de oro). Su voz se levantaba, ecuánime, entre una civilización romana que se derrumbaba y una organización social apestada de bárbaros. El sabía mantener la calma a su alrededor y parecía esperar un futuro mejor.
Sembraba la tranquilidad de quien sabe que está cumpliendo siempre con su deber.
Las gentes se agolpaban para oírle; la palabra de Dios animaba sus sermones. Comentaba los milagros de Jesús, explicaba las parábolas, ensalzaba el valor de los mártires.
No discutía, no se enfadaba, no montaba espectáculos cuando subía al púlpito, pero su palabra era tan viva, que las gentes se pegaban por llegar a oírle de cerca.
Un día empezó así su sermón: "Largo tiempo he callado mientras duraban los calores, para que no me echasen la culpa de los ardores y enfermedades que pudieran originarse de la presión de las gentes. Pero como el otoño va templando el ambiente, podemos coger de nuevo el hilo de la palabra divina".
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