Aquella noche fue de una alegría desbordante. Los pastores se quedaron asombrados ante la noticia del Mesías nacido. Llevaron regalos. Y el mundo empezó a ser nuevo con la presencia de Dios entre nosotros.
Pero toda esta alegría no fue de caramelo. María estaba encinta. Iba a nacer el Mesías, el Redentor. A última hora se le ocurre al emperador Augusto organizar un censo en todo el mundo. Y como José era de la casa de David, tenía que salir de su pueblo para empadronarse en Belén. Mira por dónde, cuando más interesante estaba su esposa, se le ocurre al emperador moverla de casa para que vaya a dar a luz a unos cuantos kilómetros de Nazaret.
Y sal de casa, José, coge la burra, monta a tu esposa y vete a apuntarla en el censo. Y que viene la noche, y que María dice que no aguanta más. Y que va José a buscar un sitio donde recoger a María, y que el posadero le dice que hay mucha gente y que no hay nada que hacer. ¡Qué pintas llevarían los tres, María, José y la burra, para que no les dejaran ni entrar a ver el sitio! Y con el estómago descuajado, se van de allí a buscar una cuadra en las afueras del pueblo. Una cuadra que olía muy mal, con una higiene a propósito para coger el tifus, y unas telarañas que llegaban hasta el suelo.
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