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San Bonifacio

San Bonifacio
nombre: San Bonifacio
título: Mártire y obispo
recurrencia: 05 de junio




Desde tiempos antiguos habían penetrado en Alemania grupos aislados de misioneros, pero hasta el siglo vm no hubo un esfuerzo sistemático para cristianizar las vastas áreas selváticas. Al monje inglés Bonifacio corresponde el honor de haber ganado esta región y creado allí una jerarquía bajo la comisión directa de la Santa Sede. Treinta y seis años de labor misionera bajo continuas dificultades y en condiciones peligrosas que acabaron con el martirio han ganado para este hombre bueno y valeroso el título de «Apóstol de Alemania».

Bonifacio, o Winfredo, para dar su nombre de bautismo, nació de una familia cristiana de alto rango, probablemete en Crediton en Devonshire, hacia el año 680. La reorganizada iglesia inglesa, aun bajo la inspiración que llegara de Roma dos generaciones anteriores a Agustín de Canterbury, estaba llena de fervor y vitalidad. Winfredo era un niño pequeño cuando escuchó la conversación de algunos monjes que visitaban su hogar. Entonces decidió entrar en la Iglesia, y esta resolución no se debilitó jamás. El padre de Winfredo tenía otros planes preparados para su inteligente hijo, pero una enfermedad grave alteró su actitud y entonces envió al muchacho a la vecina abadía de Exeter para que allí fuera educado. Algunos años después, Winfredo fue a la abadía de Bursling, en la diócesis de Winchester. Luego de completar allí sus estudios fue nombrado director de la escuela. Su enseñanza atrajo muchos estudiantes y para uso de ellos escribió una gramática que aun existe. Los alumnos tomaban notas en la clase con diligencia, y esas notas eran luego copiadas y circulaban en otros monasterios en donde se estudiaban ávidamente. A lo treinta años fue ordenado sacerdote y entonces añadió la predicación a la enseñanza y al trabajo de administración.

Winfredo tenía asegurado el avance rápido dentro de la Iglesia inglesa, pero Dios le reveló que su obra debía llevarse a cabo en tierras extranjeras, en donde hacía más falta. El norte de Europa y la mayor parte de la Europa central aun estaban en las tinieblas del paganismo. En Friesland, que entonces incluía los Países Bajos y otras tierras hacia el este, el misionero nortumbrio Willibrord llevaba largo tiempo pugnando por llevar al pueblo el Evangelio. Fue aquella región la que Winfredo sintió que le llamaba. Una vez obtenido el consentimiento del abate, acompañado de dos monjes, se puso en marcha en la primavera del año 716. Poco después de desembarcar en Doerstadt supieron que el duque Radboldo de Friesland, enemigo del cristianismo, estaba en guerra con Carlos Martel, el duque franco, y que Willibrord había sido obligado a retirarse a su monasterio de Echternacht. Dándose cuenta de que los tiempos no eran propicios, los misioneros regresaron a Inglaterra prudentemente, en el otoño. Los monjes de Winfredo en Bursling trataron de mantenerlo junto a ellos y deseaban elegirlo abad, pero él no desistió de su propósito.

La primera tentativa le había enseñado que para ser efectivo en tanto que misionero debía estar comisionado directamente por el Papa, de modo que el año 718 se presentó en Roma ante el Papa Gregorio II, portador de cartas de recomendación del obispo de Winchester. El Papa le acogió calurosamente, le mantuvo en Roma hasta la primavera del año siguiente, cuando las condiciones para viajar eran más favorables, y luego lo envió como comisionalo general para predicar la palabra de Dios a los paganos. En esa época el nombre de Winfredo fue cambiado por el de Bonifacio (del latín bonifatus afortunado). Crw indo los Alpes, el misionero viajó a través de Bavaria hasta llegar a Hesse. El duque Radboldo había muerto y su sucesor era más amigable. Marchó hasta Friesland y allí Bonifacio trabajó durante tres años bajo Willibrord, el cual ya era muy viejo. Bonifacio declinó la oferta de convertirse en el coadjutor de Willibrord y su sucesor como obispo de Utrech diciendo que su cometido era general «para los paganos» y que no podía limitarse a una sola diócesis. Entonces regresó a Hesse. Bonifacio no tuvo gran dificultad en hacerse comprender en su predicación, ya que los dialectos de las varias tribus teutonas se parecían mucho a su nativo anglosajón. Despertó el interés de dos jefes locales, Dettic y Deorulf, quienes en época anterior habían sido bautizados. Por falta de instrucción habían permanecido algo mejores que los paganos, pero entonces se convirtieron en cristianos celosos e influyeron en muchos otros para que se bautizasen. También dieron una tierra a Bonifacio en donde más tarde fundaría el monasterio de Amoeneburg. Así Bonifacio pudo dar cuenta de conversiones tan notables que el Papa le requirió a Roma para que fuera ordenado obispo.

En Roma, el día de San Andrés, 30 de noviembre de 722, el Papa Gregorio II lo consagró como obispo regional con jurisdicción general sobre las «razas de las partes de Alemania y del este del Rin, las cuales viven en error, en la tiniebla de la muerte». El Papa le dio también una carta para el poderoso Carlos Martel, «El Martillo». Cuando Bonifacio la entregó al duque franco, ya de regreso hacia Alemania, recibió el valioso don de la prenda sellada de la protección franca. Así, armado con la autoridad de la Iglesia y del poder civil, el prestigio de Bo• nifacio creció de punto. A su regreso a Hesse se dispuso a eliminar radicalmente las supersticiones paganas que afectaban seriamente la estabilidad de los conversos. Cierto día, anunciado públicamente y en medio de la multitud atemorizada, Bonifacio y uno o dos de sus seguidores atacaron con hachas el roble sagrado de Thor. Estas tribus germánicas, junto con muchos otros pueblos primitivos, adoraban a los árboles. Thor, dios del trueno, era una de las principales deidades teutonas y ese viejo roble que se alzaba en la cima del monte Gudenberg estaba cosagrado a él. Después de varios golpes, el frondoso árbol se vino abajo, partiéndose en cuatro trozos. Los aterrorizados hombres de la tribu, que habían esperado que el castigo cayera de inmediato sobre los perpetradores de tal ultraje, vieron entonces que su dios no tenía ningún poder ni siquiera para proteger su propio santuario. Para señalar la victoria, Bonifacio erigió una capilla en aquel lugar. Desde ese momento la evangelización de Hesse avanzó rápidamente.

Marchando más hacia el este, en Turingia, Bonifacio continuó su cruzada.

Allí encontró algunos sacerdotes celtas e irlandeses indisciplinados, que más bien fueron un obstáculo que una ayuda. Muchos de ellos profesaban creencias heréticas y otros vivían vidas inmorales.

Bonifacio estableció el orden entre ellos, aunque su principal anhelo era el de ganar a la fe las tribus paganas. En Ohrdruff, cerca de Gotha, estableció un segundo monasterio, dedicado a San Miguel, como centro misionero. En todas partes la gente ansiaba escuchar lo que predicaban, pero había escasez de maestros. Bonifacio acudió a los monasterios y conventos ingleses y su respuesta fue tan cordial que durante varios años multitud de monjes, maestros de escuela y monjas llegaron para ponerse bajo su dirección. Los dos monasterios que ya estaban edificados debieron ampliarse y se fundaron varios más. Entre los misioneros ingleses estaba Lullus, que debía suceder a Bonifacio en Mainz; Eoban, quien iba a compartir su martirio, Burchard y Wigbert; entre las monjas se hallaban Tecla, Chunitrude y la hermosa y versada prima de Bonifacio, Lioba, que más tarde sería abadesa de Bischofsheim y amiga de Hildegarda, la esposa de Carlomagno.

El Papa Gregorio III envió el pallium a Bonifacio en el año 731, nombrándolo arzobispo y metropolitano de toda la Alemania más allá del Rin, con autoridad para fundar nuevos episcopados. Pocos años después Bonifacio hizo un viaje a Roma para hablar acerca de las iglesias que había fundado, y entonces fue nombrado legado apostólico. Deteniéndose en Monte Casino pudo alistar a varios misioneros. Como legado viajó por Bavaria para organizar allí la Iglesia en cuatro episcopados de Regensburg, Fresing, Salzburgo y Passau. De Bavaria regresó a su propio campo de actividades y fundó los nuevos episcopados de Erfurt para Turingia, Buraburg para Hesse, Wurzburg para Franconia y Eichstadt para Nordgau. Un monje inglés fue colocado a la cabeza de cada nueva diócesis. En el año 741 se fundó en Prusia la gran abadía benedictina de Fulda, que iba a servir de cimiento a toda la cultura monástica de Alemania. Su primer abad fue un joven bávaro discípulo de Bonifacio, llamado Stur o Sturrnio. En la baja Edad Media, Fulda produjo buen número de estudiantes y maestros y fue conocida como el Monte Casino de Alemania.

Mientras la evangelización de Alemania adelantaba rápidamente, la Iglesia en Galia, bajo los reyes merovingios, se desintegraba. Los altos cargos eclesiásticos o estaban vacantes, o eran vendidos al mejor postor, o se otorgaban a indignos favoritos. El pluralismo, es decir, la reunión en una sola persona de varios cargos cada uno de los cuales hubiera podido ocupar todo su tiempo, era algo común. La gran mayoría del clero era ignorante e indisciplinada. Durante ochenta y cuatro años no se había reunido ningún sínodo o concilio de la Iglesia. Carlos Marte! había seguido conquistando y consolidando las regiones de la Europa occidental y entonces se consideraba a sí mismo como el aliado del papado y el principal campeón de la Iglesia, pero, sin embargo, persistentemente la había saqueado para obtener fondos para sus guerras y no había hecho nada para ayudar a la obra de reforma. Su muerte, no obstante, acaecida en el año 741, v el acceso al trono de sus hijos Carlomán y Pepino el Breve dieron la oportunidad de la cual Bonifacio se amparó en seguida. Carlomán, el mayor, era muy devoto y tenía gran veneración por Bonifacio; éste no tuvo gran dificultad en persuadirle de que reuniera un sínodo para tratar los errores y abusos de la Iglesia en Austrasia, Alemania y Turingia. La primera asamblea fue seguida de varias otras. Bonifacio las presidió todas y consiguió llevar a cabo reformas importantes. Los episcopados y parroquias vacantes se ocuparon, la disciplina se restableció y un nuevo vigor cundió por la Iglesia franca. Cierto hereje que había sido causa de grandes disturbios, llamado Adalberto de Neustria, fue condenado por el sínodo de Soissons en el año 744. En 747, otro concilio general de la iglesia franca estableció una profeión de fe y fidelidad que fue enviada a Roma y depositada en el altar de la cripta de San Pedro. Después de una labor de cinco años, Bonifacio había logrado devolver a la Iglesia de Galia su primitiva grandeza.

Fue entonces cuando Bonifacio deseó que también Inglaterra compartiese ese movimiento de reforma. A instancias suyas y del Papa Zacarías, el arzobispo de Canterbury reunió un concilio en Clovesho, en 747, en el que se adoptaron muchas de las resoluciones dictadas en Galia. En ese mismo año se otorgó a Bonifacio el título de metropolitano. Se propuso primero a la ciudad de Colonia como su ciudad catedral, pero finalmente se eligió a la ciudad de Mainz. Aun cuando, más adelante, Colonia y otras ciudades se convirtieron en sedes archiepiscopales, Mainz retuvo su primacía. El Papa hizo a Bonifacio primado de Alemania, así como legado apostólico para Alemania y Galia.

Carlomán se retiró a un monasterio, pero su sucesor Pepino, quien mantuvo a toda la Galia bajo su control, dio todo su apoyo a Bonifacio. «Sin el patrocinio de los jefes francos —escribía Bonifacio en una carta a Inglaterra— yo no podría gobernar al pueblo ni mantener la disciplina entre el clero los monjes, ni vigilar las prácticas de paganismo.» Como legado apostólico, Bonifacio coronó a Pepino en Soissons en el año 751, dando así la sanción papal al acceso al poder real del que sería padre de Carlomagno. Bonifacio, comenzando a sentir el peso de los años, hizo de Lullus su coadjutor. Pero aun entonces, cuando tenía más de setenta años, su celo misionero seguía ardiendo. Deseaba pasar sus últimos años trabajando entre aquellos primeros conversos de Friesland, los cuales, desde la muerte de Willibrord, habían vuelto a caer en el paganismo. Dejando todo en orden para Lullus, quien le había sucedido, se embarcó junto con unos cincuenta compañeros y viajó por el Rin. En" Utrech se reunió con el grupo el obispo de aquella diócesis, Eoban. Empezaron la tarea de reclamar a los cristianos relapsos y durante los siguientes meses establecieron provechosos contactos con las tribus del nordeste, hasta entonces no alcanzadas por la fe. Bonifacio dispuso un gran servicio de confirmación el día de Pentecostés, sobre el llano de Dokkum, cerca de los bancos del pequeño río Borne.

Mientras esperaba la llegada de los conversos, Bonifacio leía calmadamente en su tienda. Repentinamente un grupo de paganos armados apareció en el centro del campamento. Sus compañeros hubieran querido defender a su jefe, pero éste no lo permitió. Mientras él les instaba a creer en Dios y acoger alegremente la perspectiva de morir por Él, los germanos atacaron. Bonifacio fue uno de los primeros en caer. Sus compañeros compartieron la misma suerte. Los paganos, creyendo que podían llevarse un rico botín, se disgustaron al no encontrar otra cosa, aparte de las provisiones, que una caja de santas reliquias y unos cuantos libros. No se molestaron en llevarse estos objetos, que luego fueron recogidos por los cristianos que vinieron a vengar a los mártires y rescatar sus restos. El cuerpo de Bonifacio fue llevado a Fulda, lugar en donde fue enterrado y en donde todavía se encuentra. El libro que el obispo estaba leyendo y que se dice alzó sobre su cabeza para salvarlo cuando le golpearon, es también otro de los tesoros de Fulda.

Bonifacio ha sido llamado el procónsul del papado. Su genio administrativo y organizador dejó su huella en la Iglesia alemana a través de toda la edad Media. Aunque Bonifacio fue principalmente un hombre de acción, su obra literaria es extensa. Especialmente interesantes e importantes, desde el punto de vista del dogma de la Iglesia y de la historia, son sus cartas. Entre los emblemas de Bonifacio se hallan el roble, el hacha, la espada y un libro.

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