Carlos tenía 20 años cuando murió. Lo mataron como a una rata, lo torturaron, lo machacaron, lo llevaron a la colina de Namugongo y lo quemaron vivo. A él y a otros 19 compañeros más.
Otro de ellos era el paje Kirito, de 13 años de edad. Se le había ofrecido antes que, si dejaba de ser cristiano, se le perdonaba la vida. Pero él, y todos los demás, terminaron confesando su fe entre oraciones y cantos.
¿Cómo había podido ocurrir esto? ¿A qué extremos de barbarie había llegado el rey Mwanga para martirizar de ese modo a estos jóvenes súbditos suyos?
En Uganda estaba prosperando la fe cristiana. El mismo rey se había rodeado de ellos, porque eran los más fieles ciudadanos del reino.
Pero aquel bruto empezó a pensar que lo suyo debería serlo del todo. Y como sus aficiones sexuales se dirigían hacia toda clase de víctimas, no se le ocurrió otra cosa que exigir a sus jóvenes súbditos que cedieran a sus caprichos. Como los otros le dijeron que no, el vicioso rey se enfadó y se los cargó a todos.
Además de esto, habían empezado a serle rebeldes en otros aspectos. Por ejemplo, le habían mostrado su disconformidad en el mercado de esclavos. Y claro, ya se sabe qué ocurre cuando se le lleva la contraria a un tirano.
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