Los cristianos persas vivían tranquilos desde hacia cincuenta años hasta que a Abdas, obispo de Tesifón, se le ocurrió quemar un templo pagano. El incendio enfureció al rey Yezdigerd, quien por desgracia tardó tres años en comprender que ese prelado había perdido la cabeza y que en su actuación lo había nada de lo que Cristo enseñó a los Apóstoles.
Al principio de la persecución fue detenido el diácono Benjamín. Era hombre de un celo y una elocuencia extraordinarios, y que, de hecho, había logrado numerosas conversiones entre los sacerdotes de Zaratustra. Estuvo los años enmoheciéndose en un calabozo hasta que un embajador bizantino obtuvo su liberación asegurando al rey que el prisionero no tuvo nada que ver con el incendio del templo y que no habría nunca una sola queja contra «¿Y dejará en paz a los magos?», le preguntó Yezdigerd. «No convertirá ni uno», le contestó el embajador.
Sin embargo, desde el momento en que recuperó la libertad, Benjamín recomenzó su labor apostólica entre los magos, declarando públicamente que jamás dejaría de iluminar con la luz de la Verdad a los que la buscasen. (Si hiciese otra cosa ?proclamaba? incurriría en el castigo que el Señor reserva a aquellos que desperdician sus talentos». Esta vez el embajador no ludo hacer nada. Benjamín fue arrestado de nuevo y el emperador lo mandó empalar.
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