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San Jerónimo

San Jerónimo
autor Guercino año 1641 título Visione di san Girolamo
nombre: San Jerónimo
título: Sacerdote y doctor de la Iglesia
recurrencia: 30 de septiembre




San Jerónimo, nacido Eusebio Jerónimo Sofronio, fue el más versado de los Padres de la Iglesia de Occidente. Nació alrededor del año 342 en Estridonia, pequeña ciudad del Adriático, cerca de la ciudad episcopal de Aquileya. Su padre, cristiano, cuidó de que su hijo tuviera buena instrucción en el hogar y luego lo mandó a Roma, en donde los maestros del joven fueron el famoso gramático pagano Donatus y Victorinus, un retórico cristiano. La lengua nativa de Jerónimo era el dialecto de Iliria, pero en Roma aprendió perfectamente el latín y el griego y leyó la literatura de estos idiomas con gran deleite. Su aptitud para la oratoria era tal que seguramente debió pensar en la carrera de leyes. Adquirió muchas ideas mundanas, no hizo muchos esfuerzos por refrenar su instinto de amor al placer y perdió mucha de la piedad que le había sido inculcada en su casa. Pero, a pesar de las influencias paganas y hedonistas que le rodearon, Jerónimo fue bautizado por el Papa Liberio en el año 360. Él mismo nos dice que «tenía por costumbre los domingos visitar las tumbas de los mártires y apóstoles, junto con amigos de mi misma edad y gustos, bajando hasta esas galerías subterráneas cuyos muros, a ambos lados, guardan las reliquias de los muertos». Allí gustaba de descifrar las inscripciones.

Después de pasar tres años en Roma, la curiosidad intelectual de Jerónimo le instó a explorar otras partes del mundo. Visitó su hogar, y luego, acompañado de su amigo de la infancia Bonosus, marchó a Aquileya, en donde hizo amistades entre los monjes del monasterio que allí existía, notablemente con Rufino. Luego, aun acompañado de Bonosus, viajó a Treves, en Galia. Entonces abandonó todos los fines seculares para dedicarse de todo corazón a Dios. Ávido de lograr una biblioteca religiosa, el joven estudiante copió los libros de San Hilario sobre los Sínodos, así como sus Comentarios de los Salmos, y reunió otros tesoros literarios y religiosos. Regresó a Estridonia y más tarde se estableció en Aquileya. Allí el obispo había limpiado la iglesia de la plaga del arrianismo y habíase atraído a muchos hombres eminentes. Entre aquellos con quienes Jerónimo hizo amistad estaban Cromacio (luego canonizado), al cual Jerónimo dedicó varias de sus obras; Heliodoro también se convertiría en santo), y su sobrino Nepotian. El famoso teólogo Rufino, en un principio muy amigo suyo, se convirtió luego en su más amargo opositor. Por naturaleza hombre irascible, de lengua cortante, Jerónimo hacía enemigos al igual que amigos. Empleó algunos años en estudios en Aquileya y luego, buscando una soledad más perfecta, se dirigió hacia Oriente. Con sus amigos Inocente, Heliodoro e Hylas, un esclavo manumiso, se encaminó a Siria. Por el camino visitaron Atenas, Bitinia, Galacia, el Ponto, Capadocia y Cilicia.

El grupo llegó a Antioquía hacia el ario 373. Allí Jerónimo concurrió primeramente a las lecturas del famoso Apolinaris, obispo de Laodicea, quien todavía no había proclamado su herejía.' En unión de sus compañeros abandonó la ciudad por el desierto de Calcis, a unas cincuenta millas al sudeste de Antioquía. Allí murieron pronto Inocente e Hylas, y Heliodoro se marchó para regresar a occidente, pero Jerónimo se quedó durante cuatro .iños, los cuales pasó dedicado al estudio y a las prácticas austeras. Tuvo muchos ataques de enfermedades, pero aun sufrió más por causa de las tentaciones. «En el lugar más remoto de un desierto salvaje y pedregoso ?escribió años más tarde a su amigo Eustoquio, quemado por el calor de un sol tan ardiente que asusta incluso a los monjes que allí moran, me parecía estar en medio de los placeres y muchedumbres de Roma... En este exilio y prisión, al cual, por temor al infierno, me había condenado voluntariamente, sin otra compañía que la de los escorpiones y las bestias salvajes, muchas veces me imaginaba a mí mismo, mirando las danzas de doncellas romanas como si me hallara en medio de ellas. Mi rostro estaba pálido con los ayunos y, sin embargo, mi voluntad sentía los asaltos del deseo. En mi frío cuerpo y en mi carne apergaminada, los cuales parecían muertos antes de su muerte, la pasión era aun capaz de vivir. Solo con el enemigo, me arrojaba a los pies de Jesús, humedeciéndolos con mis lágrimas, y domaba mi carne ayunando durante semanas enteras. No me avergüenzo de revelar mis tentaciones, aunque me aflige no ser ahora el que entonces era.»

Jerónimo añadía a estas pruebas el estudio del hebreo, disciplina que él esperaba le ayudaría a ganar una victoria sobre sí mismo. «Cuando mi alma ardía con perversos pensamientos ?escribió en el año 411? como último recurso me hice discípulo de un monje que había sido judío, para poder aprender el alfabeto hebreo. De los juiciosos preceptos de Quintiliano, de la rica y fluida elocuencia de Cicerón, el burilado estilo de Pronto y la suavidad de Plinio, caí en esta lengua de palabras silbantes y entrecortadas. El trabajo que me costó, las dificultades por las que atravesé, cuán a menudo desesperé para volver a aprender de nuevo, ambos : yo que sentí la carga y ellas que vivieron conmigo, podríamos atestiguarlo. Doy gracias a Nuestro Señor porque ahora recojo tan dulces frutos de la amarga siembra de aquellos estudios.» Jerónimo siguió leyendo los clásicos paganos por puro placer hasta que un vívido sueño le hizo desistir de ello, al menos durante un tiempo. En una carta describe cómo, durante el curso de una enfermedad, soñó que se hallaba frente al tribunal de Cristo. «¡ Tú eres cristiano? ?le dijo el juez con escepticismo?. Tú eres ciceroniano. Donde esté tu tesoro está también tu corazón.»

La iglesia de Antioquía estaba, en esos tiempos, revuelta por las disputas de partido y doctrinales. Los anacoretas del desierto habían tomado partido y se dirigieron a Jerónimo, el más versado entre ellos, para que diera su opinión sobre aquellos asuntos. Escribió al Papa Dámaso de Roma para que lo guia_ se. Pero, al no obtener respuesta, volvió a escribirle. «Por un lado truena el furor arriano, apoyado por el poder secular; por otro ,la Iglesia (en Antioquía) está dividida en tres bandos y cada uno de ellos quisiera inclinarme hacia su lado.» No se conserva la contestación de Dámaso, pero sabemos que Jerónimo reconoció a Paulino, jefe de uno de los partidos, como obispo de Antioquía y que cuando dejó el desierto de Calcis recibió de manos de Paulino su ordenación como sacerdote. Jerónimo consintió en la ordenación solamente con la condición de que no estaría obligado a servir en ninguna iglesia, sabiendo que su vocación verdadera era la de monje y recluso.

Hacia el año 380, Jerónimo marchó a Constantinopla para estudiar las Escrituras con el griego Nazianzus, obispo a la sazón de aquella ciudad. Dos años después regresó a Roma junto con Paulino de Antioquía para asistir a un concilio, el cual el Papa Dámaso reunía para tratar el cisma de Antioquía. Nombrado secretario del Concilio, Jerónimo se desempeñó tan bien que, al terminar, Dámaso lo mantuvo como su propio secretario. Por requerimiento del Papa preparó un texto revisado, basado en el griego, del Nuevo Testamento latino, la versión común del cual ha sido desfigurada como «copia equivocada, corrección tosca e interpolaciones descuidadas». Revisó igualmente el libro de salmos latino. Si el prestigio de Roma y su poder para arbitrar entre litigantes, tanto de Oriente como de Occidente, fue reconocido como nunca hasta entonces, se debió, en cierta medida al menos, a la diligencia y habilidad de Jerónimo. Junto con sus deberes oficiales alentaba a un movimiento ascético cristiano, nuevo, entre un grupo de damas romanas. Varias de ellas debían ser canonizadas, incluyendo a Albina y sus hijas Marcella y Asella, Melania la Mayor, la cual fue la primera de entre ellas que fue a la Tierra Santa, y Paula con sus hijas Blesilla y Eustoquia. Los lazos entre Jerónimo y las tres últimas mencionadas fueron especialmente amistosos y a ellas dirigió muchas de sus famosas cartas.

Cuando murió el Papa Dámaso en 384, fue sucedido por Siricius, el cual no miraba a Jerónimo con tanta amistad. Mientras sirvió a Dámaso, Jerónimo había impresionado a todos con su santidad, sabiduría e integridad. Pero también había logrado atraerse la enemistad de los paganos y de aquéllos que hacían el mal y que él condenara, así como también la de personas de buen gusto y tolerancia, cristianas muchas de ellas, que habían sido ofendidas por su amargo sarcasmo y sus rudos ataques. Como ejemplo de su estilo nos queda la cortante diatriba en contra de los artificios de las mujeres mundanas, las cuales «pintan sus mejillas con rojo y sus párpados con antimonio, cuyos rostros enyesados, demasiado blancos para seres humanos, parecen los de los ídolos, y si, en un momento de olvido, vierten una lágrima, marca un surco allí por donde cruza la pintada mejilla; mujeres a las cuales los años no prestan la gravedad de la edad, que cargan sus cabezas con el cabello de otra gente, esmaltan una juventud perdida sobre las arrugas de los años y afectan una timidez de doncellas en medio de una tropa de nietos.» En una carta a Eustoquia se burla de algunos miembros del clero romano:

«Toda su ansiedad estriba en sus ropas... Se les tomaría por novios en vez de por clérigos; sólo piensan en saber los nombres y casas y ocupaciones de las damas ricas.»

Si bien la indignación de Jerónimo solía estar justificada, su modo de expresarla ?tanto verbalmente como por carta? ocasionó resentimientos. Su propia reputación fue atacada; su rudeza, su modo de caminar y hasta su manera de sonreír se criticaron. Y ni la virtud de las damas que se hallaban bajo su dirección ni su propia escrupulosa conducta hacia ellas le sirvieron para protegerle de las murmuraciones escandalosas. Ofendido por las calumnias que circulaban, Jerónimo decidió regresar a Oriente. Llevando con él a su hermano Pauliniano y a algunos otros, se embarcó en el mes de agosto del año 385. En Chipre, durante el viaje, fue recibido con alegría por el obispo Epifanio y en Antioquía también conferenció con los eclesiásticos que dirigían allí la iglesia. Fue allí, probablemente, en donde se reunió con él la viuda Paula y algunas otras damas que habían marchado de Roma con el anhelo de establecerse en Tierra Santa.

Con lo que aun quedaba del propio patrimonio de Jerónimo y con la ayuda económica de Paula, se edificó un monasterio para hombres cerca de la basílica de la Natividad en Belén, así como también casas para tres comunidades de mujeres. Paula dirigió una de ellas y, después de su muerte, fue sucedida por su hija Eustoquia. El propio Jerónimo vivió y trabajó en una amplia cueva cerca del lugar en donde nació el Salvador. Allí abrió una escuela libre, así como un hospicio para peregrinos, «de modo que ?como Paula decía? si María y José tornasen a visitar Belén encontrarían un lugar en donde hospedarse». Entonces, al fin, Jerónimo gozó de algunos años de pacífica actividad. Nos da una descripción maravillosa de su fructífera y armoniosa vida de Palestina y de su atracción hacia todo género de hombres_ «Ilustres galos se reúnen aquí y tan pronto como el británico, tan remoto de nuestro mundo, llega a la religión, abandona su país, en donde el sol se pone pronto, para encaminarse a una tierra de la que sólo sabe por la reputación y por las Escrituras_ ¡ Luego los armenios, los persas, los pueblos de la India y de Etiopía y del Ponto, Capadocia, Siria y Mesopotamial... Llegan en tropel y nos muestran ejemplos de todas las virtudes. Las lenguas defieren, pero la religión es la misma, tantos coros diferentes cantan los salmos como naciones hay... Aquí el pan y las hierbas, plantadas con nuestras propias manos, y la leche y lo que el país proporciona nos dan comida buena y saludable. En el verano, los árboles nos dan sombra. En el otoño, el aire es fresco y las hojas caen apaciguadoras. En la primavera, nuestra salmodia es mejor por el canto de los pájaros. Tenemos leña suficiente cuando la nieve y el frío del invierno nos sorprenden. Que Roma guarde sus muchedumbres, que sus arenas se tiñan de sangre, que sus circos se vuelvan locos, que sus teatros se encenaguen de sensualidad...»

Pero cuando la fe cristiana fue traicionada, Jerónimo no pudo guardar silencio. Mientras estaba en Roma, en tiempos del Papa Dámaso ,había compuesto un libro sobre la perpetua virginidad de la Virgen María, contra un tal Helvidius, que mantenía que María no siempre había quedado virgen, sino que tuvo otros hijos de San José, después del nacimiento de Cristo. Estas ideas y otras similares de nuevo se expresaban en esos días por un tal Joviniano, que había sido monje. Pammachius, yerno de Paula, envió a Jerónimo algunos de esos escritos heréticos, y éste en el año 393, escribió dos libros en contra de Joviniano. En el primero de ellos describió la excelencia de la virginidad. Los libros estaban escritos en el estilo vehemente de Jerónimo v en ellos había expresiones que parecían carentes de respeto para el matrimonio honorable. Pammachius informó a Jerónimo de la ofensa que él y muchos otros habían resentido en Roma. Por ello Jerónimo compuso su Apología de Pammachius, que a veces se ha llamado su tercer libro contra Joviniano, en el cual demostró, mediante referencias a sus propias obras precedentes, que veía el matrimonio como un estado bueno y honorable y que incluso no condenaba un segundo o tercer casamiento.

Pocos años después volvió su atención hacia un llamado Vigilantius, sacerdote galo que denunciaba el celibato así como la veneración de las reliquias de los santos, llamando a aquéllos que las reverenciaban idólatras y adoradores de ceni7as. M defender el celibato, Jerónimo dijo que el monje debía buscar la seguridad huyendo de las tentaciones y peligros cuando dudaba de su propia fuerza. En cuanto a la veneración de las reliquias, afirmó: «Nosotros no adoramos las reliquias de los mártires, sino que las honramos al adorar a Aquél de quien son mártires. Honramos a los servidores para que el respeto a ellos otorgado pueda reflejarse en el Señor.» Al honrarlos, dijo Jerónimo, no se caía en idolatría, puesto que ningún cristiano ha adorado jamás a los santos como a dioses; por otra parte, ellos ruegan por nosotros. «Si los apóstoles y mártires, mientras aun vivían en la tierra, podían interceder por los hombres, ¿cuánto más no harán después de sus victorias? ¿Tendrán menos poder ahora que están junto a Jesucristo?» Jerónimo le dijo a Paula, después de la muerte de su hija Blesilla : «Ella ahora ruega por ti al Señor y obtiene para mí el perdón de mis pecados.» Jerónimo no fue jamás moderado ni en la virtud ni en contra de la maldad. Aunque rápido en enfurecerse, también lo era en sentir remordimientos; era aun más severo para sus propios fallos que para los de los demás.

Desde el año 395 al 400 Jerónimo se mantuvo en lucha en contra del origenismo,2 lo que, desgraciadamente, abrió una brecha en su larga amistad con Rufino. Viendo que algunos monjés orientales habían sido inducidos a error mediante la autoridad del nombre y sabiduría de Rufino, Jerónimo le atacó. Rufino, que a la sazón vivía en un monasterio en Jerusalén, había traducido al latín muchas de las obras de Orígenes y era un entusiasta sustentador de su maestría literaria, si bien no parece que pensara defender las herejías que existían en la obra de Orígenes. Agustín, obispo de Hipona, fue uno de los eclesiásticos más afligidos por la disputa entre Jerónimo y Rufino y, sin desearlo, se vio envuelto en una controversia con Jerónimo.

Las apasionadas controversias de Jerónimo fueron la parte menos importante de sus actividades. Lo que ha hecho famoso su nombre ha sido su labor crítica del texto de las Escrituras. La Iglesia lo considera el mayor de sus doctores por su aclaración de la Palabra Divina. Para esta empresa contó con la mejor ayuda que podía conseguir, viviendo en lo que quedaba de los lugares, nombres y costumbres bíblicos, combinado todo ello para lograr una visión más clara de la que hubiera tenido a mayor distancia. Para continuar su estudio del hebreo tomó a un famoso maestro judío, Bar Ananías, que venía a enseñarle por las noches, de miedo a que los demás judíos se enterasen.

Como hombre de oración y pureza de corazón, cuya vida transcurriera principalmente en el estudio y la contemplación, Jerónimo estaba preparado para ser un intérprete sensible de las cosas espirituales.

Ya hemos visto que mientras estuvo en Roma había hecho una revisión del Nuevo Testamento en latín, así como de los Salmos. Luego emprendió la tarea de traducir directamente del hebreo la mayoría de los libros del Viejo Testamento. Los amigos y estudiantes que le instaron a realizar esta tarea se dieron cuenta de la superioridad de una versión hecha directamente del original sobre la versión de segunda mano, por venerable que ésta fuera. Era necesaria asimismo para discutir con los judíos, los cuales no reconocían más libro que el propio como auténtico. Empezó con los Libros de los Reyes y siguió con el resto en épocas diferentes. Cuando halló que el Libro de Tobías y parte del de Daniel habían sido compuestos en lengua caldea, se puso a aprender también tan difícil idioma. Más de una vez estuvo tentado de abandonar aquel trabajo agotador, pero le mantuvo cierta tenacidad de propósito en el estudio. Las únicas partes de la Biblia latina, ahora conocida como Vulgata, que no fueron traducidas o revisadas por él, son los Libros de la Sabiduría, Eclesiastés, Baruch y los dos libros de los Macabeos.3 Revisó los Salmos de nuevo, con ayuda de la Hexapla de Orígenes y el texto hebreo. Esta última es la versión incluida en la Vulgata y que generalmente se usa en el Oficio Divino; su primera revisión, conocida como el Salterio Romano, aun se usa al empezar los maitines y en todo el misal, así como en el Oficio Divino en las catedrales de San Pedro de Roma y de San Marcos en Venecia, y en el rito milanés.

En el siglo xvi, el Gran Concilio de Trento declaró la Vulgata de Jerónimo el texto latino auténtico y autorizado de la Iglesia Católica, sin que ello implicase, sin embargo, una preferencia so. bre el texto original o sobre versiones en otras lenguas. En el año 1907, el Papa Pío X encomendó a la orden benedictina la tara de restaurar, hasta donde fuera posible, el texto correcto de la Vulgata de San Jerónimo, el cual, a través de quince siglos de uso, había sido alterado en muchos lugares. La Biblia que hoy día usan los católicos de habla inglesa es una traducción de la Vulgata, hecha en Reims y Douai a fines del siglo xvi y revisada por el obispo Challoner en el siglo xviii. La Edición Confraternity del Nuevo Testamento, aparecida en 1950, representa una revisión completa.

Un duro golpe se abatió sobre Jerónimo cuando en el año 404 murió su entrañable amiga, la santa Paula. Seis años después quedaba horrorizado al saber las nuevas del saqueo de Roma por Alarico el Godo. Sobre los refugiados que huyeron de Roma hacia Oriente él escribió entonces :

«¿Quién hubiera creído que las hijas de tan poderosa ciudad vagarían un día, en calidad de sirvientas y esclavas, por tierras de Egipto y de África, o que Belén recibiría diariamente nobles romanos, damas distinguidas, criadas en la riqueza y reducidas ahora a la caridad? Yo no puedo ayudar a todos, pero me aflijo y sollozo con ellos y estoy absorto de lleno en los deberes que me impone la caridad. He dejado a un lado mi comentario sobre Ezequiel y casi todos los estudios. Pues hoy debemos traducir en hechos los preceptos de las Escrituras; en vez de hablar santas palabras, debemos actuarlas.»

Pocos años más tarde sus trabajos se interrumpieron nuevamente por los asaltos de los bárbaros que se dirigían hacia el Norte, a través de Egipto hasta Palestina, y aun más tarde por un ataque violento de los herejes pelagianos, los cuales, confiando en la protección del obispo Juan de Jerusalén, enviaron una tropa de rufianes a Belén para dispersar a los monjes y monjas que allí vivían bajo la dirección de Jerónimo, quien se había enfrentado al pelagianismo con su habitual truculencia.3 Algunos de los monjes fueron golpeados, un diácono muerto, y los monasterios ardieron. Jerónimo tuvo que permanecer escondido durante cierto tiempo. Al año siguiente murió Eustoquia, otra hija de Paula. El anciano Jerónimo cayó enfermo poco después y, luego de languidecer dos años, sucumbió. Gastado por la penitencia y el excesivo trabajo, con la vista y la voz casi perdidas, su cuerpo como una sombra, murió tranquilamente el 30 de septiembre de 420 y fue enterrado bajo la iglesia de la Natividad en Belén. Durante el siglo xin su cuerpo fue trasladado y ahora descansa en algún lugar de la Capilla Sixtina de la basílica de Santa María la Mayor, en Roma.

La Iglesia le debe mucho a San Jerónimo. Si bien su mayor obra fue la Vulgata, sus realizaciones en otros campos son de gran valor; a él debemos la distinción entre los escritos canónicos y los apócrifos; fue un pionero en el campo de la arqueología bíblica; sus comentarios son importantes; sus cartas, publicadas en tres volúmenes, constituyen una de las mejores fuentes de conocimiento de su época.

San Jerónimo ha sido un sujeto popular para los artistas, los cuales lo han representado en el desierto, como hombre estudioso y algunas veces con ropas de cardenal, quizá debido a los servicios prestados al Papa Dámaso. Algunas veces se le representa junto a un león de cuya garra, según una vieja leyenda, en una ocasión sacó una espina. Esta historia en realidad le fue transferida de la tradición de San Gerásimo, pero creemos que el león no es un símbolo inapropiado para tan intrépido campeón de la fe.

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