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Santa Teresita del Niño Jesús (de Lisieux)

Santa Teresita del Niño Jesús (de Lisieux)
nombre: Santa Teresita del Niño Jesús (de Lisieux)
título: Virgen y doctora de la Iglesia
recurrencia: 01 de octubre




La extensión del culto de Santa Teresa de Lisieux es una de las manifestaciones religiosas más impresionantes de nuestros tiempos. Durante los pocos años que vivió, esta joven carmelita francesa fue más o menos parecida a tantas otras monjas devotas, pero su muerte hizo patente en seguida sus dones insólitos. Por sus cartas, por la tradición oral transmitida por sus compañeras monjas y, especialmente, por la publicación de la Historia de un alma, Teresa del Niño Jesús, o «La Florecilla», fue en seguida importante para innumerables personas, ya que les había mostrado el camino de la perfección en las cosas pequeñas de cada día. A su intercesión se atribuyeron milagros y gracias, y a los veintiocho años de haber fallecido la sencilla y joven monja había sido canonizada. En 1936 se inauguró en Lisieux una basílica para honrarla y el cardenal Pacelli fue quien entonces la bendijo, siendo también él mismo quien, convertido en Papa, la declaró segunda patrona de Francia en 1944. «La Florecilla» fue una admiradora de Santa Teresa de Ávila, y la comparación entre ambas se ofrece inmediatamente. Las dos fueron bautizadas con el nombre de Teresa, ambas fueron carmelitas y escribieron sus interesantes autobiografías. Pero, además de las diferencias del período que vivieron y de la raza, hubo también diferencias de carácter, así como de orden intelectual, aunque las similitudes sean sorprendentes. Ambas tuvieron que sufrir pacientemente diversos males físicos; ambas poseyeron una insólita capacidad para la intensa experiencia religiosa y ambas, también, hicieron sus vidas radiantes con el amor de Cristo.

Los padres de la última santa fueron Luis Martin, relojero de Alenlon, Francia, hijo de un oficial del ejército, y AzélieMarie Guérin, encajera de la misma ciudad. De sus nueve hijos, solamente cinco vivieron hasta alcanzar la mayoría de edad : todas fueron mujeres y todas serían monjas. FranciscaMaría Teresa, la más joven, nació el 2 de enero de 1873. Su niñez debió ser normalmente feliz, pues sus primeros recuerdos,
según ella misma escribe, son de sonrisas y tiernas caricias. Aunque era afectuosa y poseía un encanto natural, Teresa no dio muestras de precocidad. Cuando solamente tenía cuatro años la familia sufrió el duro golpe de la muerte de la madre. El señor Martin dejó su trabajo y fue a establecer en Eisieux, Normandía, en donde vivía el hermano de la finada señora Martin con su familia. Los Guérin, gente generosa y buena, aliviaron la responsabilidad del padre proporcionando a sus cinco sobrinas consejos prácticos y profundo afecto.

Los Martín, entonces y siempre, estaban muy unidos. La hija mayor, María, aunque sólo contaba trece años, se hizo cargo del manejo de la casa, y la segunda, Paulina, se encargó de dar a las demás hermanas instrucción religiosa. Cuando, en las noches de invierno, el grupo se reunía en torno de la chimenea, Paulina leía en alta voz obras piadosas tales como el Año litúrgico de Dom Gueranger. Sus vidas transcurrieron pacíficamente durante varios años, y entonces se quebró, por primera vez, el círculo familiar. Paulina entró en el convento carmelita de Lisieux, en donde avanzaría notablemente en su vocación religiosa y del cual había de ser priora más tarde. No es sorprendente que la hermana más pequeña, entonces de nueve años, sintiera el profundo deseo de seguir los pasos de aquélla que fuera su guía cariñosa. Cuando, cuatro años más tarde, María siguió a su hermana Paulina y entró también en el convento, el deseo que Teresa sentía por la vida religiosa se intensificó. Durante esos años su educación estuvo a cargo de las monjas benedictinas del convento de NotreDameduPré. Allí la confirmaron a los once años.

En su autobiografía, Teresa escribe que su personalidad cambió a la muerte de su madre, y de ser infantilmente alegre pasó a ser introvertida y tímida. Si bien Teresa se convertía en una jovencita seria, no hay pruebas de que fuera de carácter triste. Por el contrario, hay píuebas de su viveza y gracia, y la tradición oral, así como sus muchas cartas, revelan una naturaleza expresiva, capaz de expresar el cariño más acendrado por su familia, profesores y amigos.

En la Nochebuena, pocos días antes de que Teresa cumpliera sus catorce años, tuvo una experiencia a la que había de referirse más tarde como a su «conversión» y que iba a ejercer una influencia profunda en su vida. Dejemos que ella misma relate el suceso, así como su efecto moral, con sus propias palabras : «Esa bendita noche, el dulcísimo niño Jesus, apenas de una hora de vida llenó la oscuridad de mi alma con rayos de luz. Haciéndose débil y pequeño por amor a mí, Él me hizo fuerte y valerosa. Él puso en mis manos Sus propias armas de modo que me hice cada vez más fuerte, empezando, si así puedo decirlo, a correr como un gigante.» Una impresión indeleble se había grabado en esta alma armoniosa; aseguraba que el Santo Niño la había curado de excesiva sensibilidad y la «había armado con sus armas». Debido a esta visión, la santa sería llamada «Teresa del Niño Jesús».

Al año siguiente comunicó a su padre el deseo de hacerse carmelita. Él consintió en seguida, pero tanto las autoridades carmelitas como el obispo Hugonin de Bayeux se negaron a tomarlo en consideración mientras no tuviera más edad. Pocos meses después, en noviembre, y con gran deleite por su parte, su padre la llevó, junto con su hermana Celina, a visitar Nuestra Señora de las Victorias, en París, y de allí a una peregrinación a Roma para asistir al Jubileo del Papa León XIII. El grupo estaba acompañado por el abate Reverony, de Bayeux. En una carta que desde Roma escribió Teresa a su hermana Paulina, que entonces era la hermana Inés de Jesús, le describía la audiencia : «El Papa estaba sentado en una gran silla; el Padre Reverony estaba junto a él; miraba cómo los peregrinos besaban el pie del Papa, pasando frente a él, quien decía unas palabras a algunos. Imagina cómo latiría mi corazón cuando vi que me tocaba el turno a mí; no quería volverme s51. haber hablado con el Papa. Hablé, pero no pudo decir todo lo que quería, porque el Padre Reverony no me dio tiempo para ello. Él dijo en seguida : «Muy Santo Padre, es una niña que quiere entrar en el Carmelo a los quince años, pero sus superiores consideran el asunto por ahora.» Me hubiera gustado haber podido explicar mi caso, pero no hubo manera. El Santo Padre me dijo sencillamente : «Si el buen Dios lo quiere, entrarás.» Entonces se me hizo pasar a otra habitación. Paulina, no sabría decirte lo que sentí. Fue como la aniquilación, me sentía abandonada... Sin embargo, Dios no puede darme pruebas superiores a mis fuerzas. Él me dio valor para pasar ésta.»

Teresa no había de esperar mucho. La bendición del Papa y las fervientes oraciones que rezó en diversos santuarios durante aquella peregrinación surtieron los efectos deseados. Al finalizar el año, el obispo Hugonin dio su permiso, y el 9 de abril de 1888 Teresa fue a reunirse con sus hermanas en el Camelo de Lisieux. «Desde que llegó asombró a toda la comunidad con su comportamiento, marcado por cierta majestad que era inesperada en una niña de quince años.» Así declaró la superiora de novicias cuando se beatificó a Teresa. Durante su noviciado, el Padre Pichon, un jesuita, la conoció bien y también fue testigo de la piedad de la santa. «Era fácil dirigir a esa niña. El Espíritu Santo la guiaba y creo que nunca, ni entonces ni más tarde, tuve que advertirla en contra de posibles ilusiones... Lo que me llamó la atención durante el retiro fueron las pruebas espirituales por las que Dios la hizo pasar.» La presencia de Teresa entre las monjas llenó a éstas de felicidad. Era frágil y rubia, de ojos de color gris azulado y rasgos delicados. Con toda la intensidad de su ardiente naturaleza amaba las prácticas religiosas diarias, las oraciones litúrgicas y la lectura de las Escrituras. Después de entrar en el Carmelo comenzó a firmar las cartas a su padre y a otras personas con el nombre de Teresa del Niño Jesús.

En 1889, las hermanas Martin sufrieron una dura prueba. Su padre, después de dos ataques de parálisis, tuvo un reblandecimiento cerebral e ingresó en un sanatorio privado, en donde permaneció tres años. Esta pena fue sufrida heroicamente por Teresa.

El 8 de septiembre de 1890, a los diecisiete años de edad, Teresa hizo sus votos finales. No obstante su mala salud, realizó desde el principio todas las prácticas austeras de la estricta regla carmelita, exceptuando el ayuno, que no le estaba permitido a ella. Según las palabras de la priora, «un alma tan templada no debe ser tratada como una niña. Las dispensas no están hechas para ella». El tormento físico que ella resentía más que ninguna era el frío del convento durante el invierno, aunque nadie se dio cuenta de esto hasta oírselo confesar en su lecho de muerte. Y por entonces ya podía decir : «He alcanzado el punto en que ya no puedo sufrir, pues todo sufrimiento me parece dulce.»

En 1893, cuando tenía veinte años, fue nombrada para ayudar a la directora de las novicias y, de hecho, fue directora. Ella comenta : «Desde lejos parece fácil hacer bien a las almas, lograr que amen más a Dios, moldearlas según nuestras propias ideas y nuestros puntos de vista. Pero, al acercarnos, vemos que, por el contrario, hacer el bien sin la ayuda de Dios es tan imposible como hacer que el sol brille de noche.»

Cuando cumplió los veintitrés años, y siguiendo órdenes de la priora, Teresa comenzó a escribir las memorias de su infancia y vida en el convento. En este material el que forma los primeros capítulos de la Historia de un alma, documento único y atrayente, escrito con espontaneidad encantadora, lleno de giros vivos, de inconscientes revelaciones y sobre todo de evidencia de profunda espiritualidad, Teresa describe sus oraciones y, al hacerlo, nos dice mucho acerca de sí misma. «En mí la oración es una elevación del corazón, una mirada al Cielo, un grito de gratitud y de amor intensos, tanto en la aflicción como en la alegría; en una palabra, algo noble, sobrenatural, que colma mi alma y la une a Dios... Exceptuando el oficio divino que, a pesar de mi indignidad, es un goce diario, no tengo ánimos para buscar en los libros las oraciones hermosas... Hago como el niño que aún no sabe leer, y sólo le digo al Señor lo que deseo y Él lo comprende.» Teresa tiene un conocimiento de sí misma natural. «Cada vez que mi enemigo me provoca a lucha, me comporto como un valeroso soldado. Sé que un duelo es un acto cobarde y así, sin mirarlo a la cara una sola vez, le doy la espalda y corro hacia mi Salvador y prometo estar pronta a verter mi sangre en testimonio de mi fe en el Cielo.» Menciona con humor su propia paciencia. Durante la meditación, una de las hermanas jugueteaba continuamente con el rosario hasta que Teresa llegaba a sudar de irritación. Al fin, «en lugar de procurar no oírlo, lo cual era imposible, me ponía a escucharlo como si se tratara de alguna música deliciosa, y mi meditación, que no era «la oración de calma», se convertía en un ofrecimiento de esta música al Señor». Su último capítulo es un ensalzamiento del amor divino y concluye: «Te suplico que poses Tus divinos ojos sobre un vasto número de pequeñas almas; Te suplico que escojas en este mundo una legión de pequeñas víctimas de Tu amor.» Ella se contaba entre estas últimas. «Yo soy un alma muy pequeña que sólo puede ofrecer pequeñas cosas al Señor.»

En 1894 murió Luis Martin, y pronto Celina, la cual le había cuidado durante su enfermedad, sería la cuarta hermana de esta familia que entraría en el convento carmelita de Lisieux. La quinta, llamada Leonie, entró en el convento de la Visitación de Caen.

Teresa se ocupaba en escribir y leer, lo que hizo casi hasta sus últimos días. Su muerte se acercaba conforme la tuberculosis que padecía hacía progresos rápidos. Durante la noche, entre el Jueves y Viernes Santos de 1896, tuvo una hemorragia pulmonar. Aunque sus sufrimientos físicos y espirituales eran muchos, escribió muchas cartas a miembros de su familia y a amigos lejanos y continuó la Historia de un alma. Mantenía correspondencia con las hermanas carmelitas de Hanoi, China, las cuales deseaban que Teresa fuera a reunirse con ellas, sin darse cuenta de su estado de salud. Teresa sentía el deseo de acudir a aquel llamado. Tenía por intervalos momentos de revelación, y durante ellos escribió aquellas reflexiones breves que nos muestran su espíritu y que ahora se repiten tan frecuentemente. He aquí tres de esas reflexiones : «Pasaré mi Cielo haciendo el bien en la tierra.» «Nunca he dado más que amor al buen Dios, y con amor Él me recompensará.» «Mi pequeño camino es el camino espiritual infantil, el camino de la confianza y de la rendición absoluta de sí mismo.»

En una carta que Teresa escribió poco antes de morir al Padre Roulland, misionero en China, observamos claramente el conocimiento de sí misma que Teresa poseía. «A veces, cuando leo tratados espirituales en los cuales se muestra la perfección junto con miles de obstáculos en su camino y un tropel de ilusiones a su alrededor, mi pobre y pequeña mente se fatiga pronto, cierro el versado libro, que deja mi cabeza astillada y mi corazón desgarrado, y tomo las Santas Escrituras. Entonces todo se torna luminoso, una sola palabra abre horizontes infinitos a mi alma, la perfección parece fácil; veo que eso basta para darse cuenta de la propia nada y darse por entero, como un niño, en los brazos del buen Dios. Dejo a las almas grandes, a las mentes grandes, esos magníficos libros que yo no puedo comprender, y me alegro de ser pequeña porque «sólo los niños y los que son como ellos serán admitidos en el festín celestial».

En junio de 1897, Teresa fue llevada a la enfermería del convento. El 30 de septiembre, murmurando las palabras «Dios mío..., te amo...», expiró. El día anterior su hermana Celina, que sabía que el fin estaba muy próximo, le suplicó que dijera unas palabras de despedida, y Teresa, serena a pesar del dolor, le dijo: «Ya he dicho que todo... todo se ha consumado... Sólo el amor cuenta.»

La priora, madre María de Gonzaga, escribió en el archivo del convento, al lado del acta de profesión de la santa : «...los nueve años y medio que pasó entre nosotras dejó a nuestras almas la fragancia de las más hermosas virtudes que pueden colmar la vida de una carmelita. Modelo perfecto de humildad, obediencia, caridad, prudencia, desprendimiento y regularidad, cumplió la difícil disciplina de directora de las novicias con una sagacidad y afecto que a nada puede compararse, excepto su amor de Dios...»

La Iglesia iba a reconocer una enseñanza valiosa y profunda en este «pequeño camino», en el que se aconsejaba el conocimiento realista de las limitaciones propias y la cordial donación de lo que uno posee, por pequeño que el don pueda parecer. El culto de esta santa, del «pequeño camino», comenzado en 1898 con la publicación de la Historia de un alma, se difundió tan rápidamente que el Papa dispensó la regla por la que un proceso de canonización no debe empezar hasta que hayan transcurrido cincuenta años después de la muerte de la persona. Casi desde su infancia Teresa aspiró a las alturas, diciéndose a menudo que Dios no la hubiera colmado con un deseo que fuera irrealizable. Únicamente veintiséis años después de su muerte fue beatificada por el Papa Pío XI y en el año del Jubileo de 1925 fue pronunciada santa. Dos años más tarde era nombrada patrona celestial de las misiones extranjeras, junto con San Francisco Javier.

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