Había nacido en Florencia, a finales del siglo V. De joven fue a estudiar a Roma, y allí se hizo sacerdote. Su vida fue tan ejemplar, que, al morir el papa Hormisdas (523), fue elegido para la Sede de Pedro.
En Occidente estaba el emperador Teodorico, rey de los godos, arriano. Estos negaban la divinidad de Jesucristo. Y en Oriente estaba el emperador Justino, católico ferviente. Este Justino había quitado de sus puestos a todos los obispos arrianos. Enfurecido, Teodorico prometió hacer lo mismo con los obispos católicos de Occidente si el otro no se retractaba de lo que había hecho. El caso es que en medio de todos estos líos, el papa Juan I fue enviado como embajador a Oriente para deshacer el entuerto.
En Constantinopla le reciben al papa en tono de gran fiesta. Negocia con Justino, pero, naturalmente, no llena los deseos de Teodorico que lo había enviado con otros fines.
Teodorico ya había cogido al sabio filósofo Boecio, amigo de Juan, y le había cortado el cuello. No le costó nada apoderarse del papa, nada más llegado a Roma, y lo metió en la cárcel en Ravena. Lo dejó morir como un perro. Llevaba dos años y nueve meses de pontificado.
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