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San Atanasio

San Atanasio
nombre: San Atanasio
título: Obispo y doctor de la Iglesia
recurrencia: 02 de mayo




San Atanasio, conocido como el «campeón de la ortodoxia», nació hacia el año 297 en Alejandría. Existe una tradición, relatada por Rufmo,3 según la cual llamó la atención del patriarca Alejandro mientras jugaba al bautizo con otros niños, a la orilla del mar. Después de observar al joven Atanasio realizando el rito, el prelado llamó a los muchachos y, luego de interrogarles, se convenció de que aquellos bautizos eran válidos.

Entonces tomó a su cargo la educación de estos muchachos para el sacerdocio. Atanasio recibió una educación excelente, no solamente en la doctrina cristiana, sino también en la literatura y filosofía griegas, así como en retórica y jurisprudencia. Sabía las Escrituras por completo y aprendió teología con maestros que habían sido confesores' durante las terribles persecuciones desatadas bajo Maximiano.3 En su juventud parece haber trabado amistad con varios ermitaños del desierto, especialmente con el gran Antonio, cuya biografía debía escribir. Fue lector del patriarca y en el año 318 se convirtió en secretario suyo. Durante este período escribió un discurso, Contra los gentiles,* en el que emprende la explicación de la Encarnación y de la doctrina de la Trinidad.

En Egipto habían hecho temprana aparición dentro de la Iglesia cristiana dos fuerzas poderosas y a menudo divergentes: la jerarquía conservadora de Alejandría, representada por
el patriarca u obispo, y los teólogos de las escuelas, quienes no se cuidaban de la tradición y defendían el libre razonamiento de los sujetos teológicos. Los dirigentes de este último grupo habían sido obligados algunas veces, como el famoso Orígenes,' al exilio. Había también cismas acerca de la distribución de la autoridad en la Iglesia y sobre asuntos doctrinales. Fue probablemente hacia el año 323 cuando un tal Arrio,3 sacerdote de la iglesia de Baucalis, empezó a enseñar que Jesús, si bien más que hombre, no era Dios eterno; que había sido creado a tiempo por el Padre Eterno, y por ello sólo en sentido figurado podía llamársele Hijo de Dios. El patriarca pidió una declaración escrita de estas doctrinas. Exceptuando dos votos a favor, los obispos las condenaron como herejía y depusieron a Arrio, junto con once sacerdotes y diáconos de Alejandría. Arrio se retiró a Cesárea, en donde continuó propagando sus ideas, contando con el apoyo del obispo Eusebio de Nicomedia y de otros prelados de Siria. En Egipto ya habían ganado para su causa a muchos de los metafísicos, así como a Meletio, obispo de Licópolis y jefe de un grupo disidente. Como la teología era entonces el tópico que más apasionaba a la mente de los hombres, la controversia arriana interesó a todas las clases sociales de la población. Las proposiciones heréticas fueron publicadas en formas de canciones que se entonaban con melodías populares y que cantaban en los foros y eran llevadas de puerto en puerto por los marineros.

Atanasio, en tanto que secretario del patriarca, tomó un lugar prominente en esta gran batalla de la Iglesia. Es probable que fuera él quien compuso la carta encíclica que anunciaba la condenación de Arrio. Sabemos que él estaba presente, como ayudante de Alejandro, en el famoso Concilio de Nicea, reunido por el emperador Constantino para resolver asuntos de dogma. Allí se confirmó la sentencia contra Arrio, y la confesión de fe conocida como Credo de Nicea fue promulgada y suscrita. Esta reunión de hombres de la Iglesia influyó profundamente sobre Atanasio y, tal como lo ha dicho un moderno escritor, el resto de su vida fue testimonio fehaciente de la divinidad del Salvador.

Poco después de esto, Alejandro murió y Atanasio le sucedió, aunque todavía no tenía treinta años. Una de las primeras cosas que realizó fue un viaje por su enorme diócesis, la cual incluía algunos establecimintos monásticos, especialmente la Tebaida.8 Ordenó un obispo para Abisinia, en donde la fe cristiana se había establecido recientemente. Pero, a pesar de todos sus esfuerzos, encontró gran oposición. Los melecios hicieron causa común con los arrianos el movimiento, temporalmente desacreditado por el Concilio de Nicea, pronto volvió a resurgir en Asia Menor y en Egipto. En el año 330, el obispo arriano de Nicomedia, Eusebio, volvió de su exilio y no tardó en persuadir al anciano Constantino para que escribiera a Atanasio rogándole que volviera a admitir en la comunión a Arrio, en interés de la unidad. Eusebio mandó una insinuante carta, en defensa de Arrio, pero Atanasio se mantuvo en su convicción de que la Iglesia no podía comulgar con los heráticos que atacaban la divinidad de Cristo. Entonces Eusebio escribió los melecianos egipcios instándoles para que acusaran a Atanasio de mala conducta. Acumularon acusaciones de que había percibido un tributo general sobre el lino para uso de su propia iglesia e hicieron otras pequeñas acusaciones. En su juicio ante el emperador, Atanasio se justificó ampliamente y volvió en triunfo a Alejandría, trayendo consigo una carta de aprobación de Constantinopla.

Entonces sus enemigos le acusaron de haber dado muerte a un obispo llamado Arsenio y le conminaron para presentarse ante un concilio en Cesárea. Pero, sabiendo que su supuesta víctima estaba escondida, Atanasio ignoró el requerimiento. En el año 335 llegó una orden de Constantinopla en la que se le conminaba a aparecr delante de otra asamblea en Tiro, reunida por sus opositores y presidida por un arriano, que había alcanzado la silla episcopal de Antioquía. Dándose cuenta de que su condena ya estaba decidida, Atanasio abandonó el Concilio repentinamente y se embarcó para Constantinopla. Allí se acercó al emperador haciéndose pasar por un mendigo en la calle, y pudo obtener una entrevista. En ella se vindicó tan completamente que Constantino llamó los obispos a Constantinopla para una nueva vista del caso. Luego, por algún motivo inexplicable, cambió de parecer súbitamente. Antes de que llegara la primera carta fue enviada otra, en la que se confirmaba la sentencia y se exilaba a Atanasio a Treves. Durante este primer exilio Atanasio mantuvo el contacto con su congregación mediante cartas.

En el año 337 murió Constantino, poco después de que había sido bautizado por Eusebio de Nicomedia, y su imperio se dividió entre sus tres hijos, Constantino II, Constancia y Constante. Muchos de los prelados exilados fueron entonces llamados nuevamente. Uno de los primeros actos de Constantino II, que reinaba sobre Inglaterra, España y Galia, fue el de permitir que Atanasio volviera a ocupar su silla episcopal. Dos años después Constantino II moría en la batalla de Aquileya. El patriarca había vuelto a Alejandría al parecer triunfante, pero sus enemigos seguían infatigables como siempre y Eusebio de Nicomedia dominaba por completo al emperador Constancio, dentro de cuya porción del imperio quedaba Alejandría. Se inventaron nuevos escándalos y se acusó ahora a Atanasio de provocar sedición y matanzas quedándose para él el maíz destinado a los pobres. Un concilio de la Iglesia, que se reunió en Antioquía, volvió a deponerle y ratificó un obispo arriano para Alejandría.

En medio de toda esta confusión, un sacerdote de Capadocia llamado Gregorio fue instalado por fuerza como patriarca de Alejandría por el prefecto de la ciudad, pues los paganos y los arrianos habían sumado sus fuerzas en contra de los católicos. Enfrentado incesantemente con actos de violencia y con sacrilegios, Atanasio se retiró a Roma para esperar que el Papa oyera su caso. Se concertó un sínodo, pero los «eusebianos» que lo propusieron no acudieron. El resultado fue la vindicación completa de Atanasio, veredicto que después fue ratificado por el Concilio de Sárdica.9 Sin embargo, le fue imposible volver a Alejandría hasta que Gregorio hubo muerto y, aun entonces, gracias a que el emperador Constancio, en vísperas de la guerra con Persia, creyó político congraciarse con su hermano Constante restaurando a Atanasio en su silla episcopal.

Después de una ausencia de ocho años, Atanasio regresó a Alejandría en el año 346 y durante tres o cuatro años reinó una paz relativa. Pero el asesinato de Constante en el año 350 suprimió el más poderoso apoyo de la ortodoxia, y Constancio, una vez dueño de Oriente y de Occidente, se propuso aplastar al hombre que ahora miraba como su enemigo personal. En Arlés, en el año 353, obtuvo la condena de Atanasio, en un concilio de obispos galos que, al parecer, no conocieron la importancia de los resultados. Dos años más tarde, en Milán, tuvo que enfrentarse con más oposición por parte de los obispos italianos; pero cuando, con la mano sobre la espada, les dio a escoger entre la condenación de Atanasio y el exilio, la gran mayoría accedió. Los escasos obispos obstinados fueron exilados, incluyendo el nuevo Papa Liberio, el cual fue exilado en Tracia hasta que, quebrada la fuerza de su cuerpo y de su espíritu, él también dio su consentimiento a los decretos arrianos.

Atanasio se mantuvo todavía un año más con el apoyo de su propio clero y pueblo. Luego, una noche en la que se hallaban celebrando una vigilia en la iglesia de Santo Tomás, los soldados entraron. Atanasio fue rodeado inmediatamente por su gente, que logró ponerlo a salvo gracias a la oscuridad. Pero durante seis años tuvo que vivir ocultándose. Su abundante energía se expresó entonces mediante la producción literaria, y a este período se adjudican sus obras principales que incluyen una Historia de los arrianos, tres cartas a Serapión, una defensa de su posición dirigida a Constancio y un tratado de los sínodos de Rímini y de Seleucia.

La muerte de Constancio en 361 fue seguida de un nuevo cambio de situación. El nuevo emperador Juliano,» que era pagano, revocó las sentencias de exilio ordenadas por sus predecesores y Atanasio volvió una vez más a su ciudad. Pero era sólo por pocos meses. Los planes de Juliano para la reconquista del mundo cristiano poco podían progresar mientras el campeón de la fe católica gobernara en Egipto; también consideró necesario desterrar a Atanasio de Alejandría como «turbador de la paz y enemigo de los dioses». Durante este cuarto exilio parece ser que exploró toda la Tebaida. Se hallaba en Antinópolis cuando dos ermitaños le informaron de la muerte de Juliano, el cual, según se confirmó más tarde, expiraba en esos momentos, herido por una flecha enemiga, en la lejana Persia.

El nuevo emperador Joviano, soldado con simpatía hacia los católicos, revocó la sentencia de exilio e invitó a Atanasio a Antioquía, para que expusiera la doctrina de la Trinidad. El reinado de Joviano sólo duró un año; su sucesor en Oriente, Valente, sucumbió a la presión arriana en Constantinopla y, en mayo del año 365, ordenó un nuevo exilio contra todos aquellos obispos ortodoxos que habían sido exiliados por Constancio y restaurados por sus sucesores. Una vez más, el cansado y anciano prelado fue obligado a partir. El historiador eclesiástico Sócrates nos dice que Atanasio se ocultó esta vez en la tumba de su padre, pero un escritor mejor informado dice que pasó aquellos meses en una villa, en los suburbios de Alejandría. Cuatro meses después Valente revocó su edicto, posiblemente por temor a un levantamiento de los egipcios, quienes se hallaban determinados a no aceptar a nadie más como obispo. Gozosamente lo escoltaron de regreso. Atanasio había pasado dieciséis años en el exilio, pero sus últimos años fueron llenos de paz. Murió en Alejandría el 2 de mayo del año 373. Su cuerpo fue desenterrado dos veces, primero para llevarlo a Constantinopla y más tarde para llevarlo a Venecia.

Si bien las controversias teológicas que marcaron este período puedan parecernos hoy a un tiempo complejas y lejanas, fueron un mojón importante en la historia de la Iglesia, y Atanasio realizó un servicio de gran valor. La relación de la doctrina cristiana que se conoce con el nombre de Credo de Atanasio fue compuesta, probablemente, durante su vida, aunque no por el propio santo. En sus obras hay un profundo sentimiento espiritual y gran compresión y, como ha dicho el cardenal Newman, él ha quedado «como principal instrumento, después de los apóstoles, mediante el cual las sagradas verdades del Cristianismo han sido protegidzs y salvadas para el mundo».

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