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San Benito de Nursia

San Benito de Nursia
nombre: San Benito de Nursia
título: Abad y Patrono principal de Europa
recurrencia: 11 de julio




Desolada por hordas civilizadas a medias, paganas y arrianas, Italia y todo el mundo mediterráneo volvía a caer en la barbarie durante el siglo y. La Iglesia se debatía en conflictos, las ciudades y los campos se despoblaban debido a la guerra, y el pillaje y la violencia cundía entre los cristianos al igual que entre los gentiles. Durante esos tiempos anárquicos apareció uno de los más nobles Padres de la Iglesia occidental: San Benito de Nursia, fundador de la gran orden que lleva su nombre. Sabemos muy poco de sus antecedentes, salvo que nació hacia el año 480 en Nursia, en la provincia de 'Umbría, en el norte de Italia central, y que su familia fue probablemente, de linaje noble. También sabemos que tuvo una hermana llamada Escolástica quien, desde la infancia, se consagró a Dios.

Enviado a Roma para ser educado allí, el joven Benito se sintió en seguida rebelado en contra del libertinaje de sus compañeros de estudio. Todavía no había cumplido los veinte años cuando decidió marchar de Roma para vivir en algún lugar distante. Nadie supo sus planes excepto una anciana servidora de la familia, la cual insistió lealmente en acompañarlo para servirlo. Benito y esta anciana mujer llegaron hasta un pueblo llamado Enfide, en las Montañas Sabinas, a unas treinta millas de Roma. En los Diálogos, San Gregorio nos relata una serie de curiosos incidentes asociados con la vida de Benito, uno de los cuales ocurrió en esa ocasión. Mientras se hallaban en aquel pueblo, Benito arregló milagrosamente una criba de barro que su criada había roto. Deseando huir de aquella noticia y de la palabrería que el hecho despertara, no tardó en marcharse solo, en busca de completa soledad. Arriba de las montañas halló un lugar nombrado Subiaco o Sublacum (debajo del lago), llamado así por un lago artificial allí :reado unos cinco siglos antes. Era cerca de las ruinas de uno de los palacios de Nerón. Allí conoció a un monje llamado Romanus, al cual Benito reveló su deseo de hacerse ermitaño. Romanus, quien habitaba en un monasterio, no lejos del lugar, dio al joven un hábito monástico hecho de pieles y lo condujo hasta una cueva solitaria en donde podría vivir sin que nadie le molestara. El techo de la cueva estaba constituido por una roca que sobresalía, por encima de la cual el descenso era imposible y desde abajo se llegaba a ella con dificultad. En esta caverna desolada Benito pasó los tres años siguientes, desconocido de todos menos de su amigo Romanus, el cual cada día apartaba para él una porción de su pan y se lo enviaba desde arriba, metido en una canasta que colgaba de una cuerda.

Según el Papa Gregorio, lel primer forastero que llegó hasta la cueva fue un sacerdote, quien, mientras preparaba para sí una cena especial el Domingo de Pascua, oyó una voz que le decía: «Tú te estás preparando un plato sabroso mientras mi servidor Benito sufre hambre». El sacerdote inmediatamente salió en busca de Benito y finalmente lo descubrió en su escondida morada. Benito quedó asombrado, pero antes de entablar conversación con su visitante le rogó que oraran juntos. Luego, después de hablar durante un rato sobre cosas celestiales, el sacerdote invitó a comer a Benito, diciéndole que era el día de Pascua, en el cual no es razonable ayunar. Más tarde Benito fue visto de algunos pastores, los cuales a primera vista lo tomaron por algún animal salvaje, pues se hallaba cubierto con pieles de animales. No podía pensar que un ser humano pudiera vivir entre aquellas rocas. Desde entonces otros escalaron la abrupta montaña trayendo consigo pequeñas ofertas de comida, que el santo varón aceptada, y recibiendo a cambio instrucción y consejo.

A pesar de que vivía de este modo, apartado del mundo, Benito, como los Padres del Desierto, tuvo que luchar con tentaciones de la carne y del diablo. Una de estas luchas ha sido descrita por Gregorio. «Cierto día en que se hallaba solo, el tentador se le presentó. Un pequeño pájaro negro, comúnmente llamado mirlo, comenzó a revolotear en torno a su rostro y llegó tan cerca de él que, de haberlo querido, hubiera podido cogerlo con su mano. Pero al hacer el signo de la cruz el pájaro voló lejos. Entonces siguió una tentación violenta de la carne, como nunca había experimentado. El espíritu del mal trajo a su imaginación una mujer que antes conociera, e inflamó su corazón con tan vehemente deseo al recordarla que tuvo mucha dificultad en reprimirlo. Se hallaba casi vencido y pensó en abandonar su soledad. Repentinamente, con ayuda de la gracia divina, halló la fuerza necesaria. Viendo cerca unas gruesas matas de zarzas y ortigas se arrancó su hábito y se arrojó en medio de ellas, revolviéndose hasta que todo su cuerpo quedó lacerado. Y así, mediante aquellas heridas carnales, curó las heridas de su alma.» Nunca más fue turbado de esta manera.

Entre Tívoli y Subiaco, en Vicovaro, en la cumbre de una roca fortificada que se alzaba sobre el Anio, vivía en la época una comunidad de monjes. Habiendo perdido a su abad muerto, llegaron en tropel a pedir a Benito que aceptase el cargo, no dudando de que su fama creciente atraería ofrendas a la comunidad. Él se negó al principio, asegurando a los monjes que su sistema y el de ellos no irían de acuerdo. Pero con el tiempo lograron persuadirlo a regresar con ellos. Pronto se hizo evidente que la severa disciplina monástica que instituyó no se acomodaba con sus costumbres relajadas y, para poder deshacerse de él, envenenaron su vino. Cuando, como era costumbre en él, hizo el signo de la cruz sobre su copa, ésta se rompió como si una piedra la hubiese golpeado. «Dios os perdone, hermanos —dijo Benito serenamente—. ¿Por qué habéis maquinado tan perversa cosa contra mí? ¿No os había yo dicho, de antemano, que mis costumbres no irían de acuerdo con .la vuestras? Id y encontrad un abad de vuestro gusto, pues después de lo que habéis hecho no podréis guardarme más entre vosotros.» Entonces les dijo adiós y regresó a Subiaco.

Por entonces empezaron a reunirse discípulos en torno de Benito, a quienes su santidad y poderes milagrosos atrían. Por último, se halló en posición de comenzar la gran obra que Dios había preparado para él. Esta era la idea que lentamente había germinado en él durante todos aquellos años de soledad : reunir a todos aquellos que desearan compartir la vida monástica, lo mismo hombres del mundo que quisiesen escapar de las preocupaciones materiales que monjes que hubiesen estado viviendo en soledad o en comunidades dispersas, para hacer un solo rebaño de todos ellos, uniéndolos con vínculos fraternales, bajo una observancia, en la adoración permanente de Dios. En breve, su idea era la de establecer en Occidente una única orden religiosa que acabaría con el mandato caprichoso de varios superiores así como con las extravagancias de los anacoretas individuales. A aquéllos que estuvieron de acuerdo en obedecer a Benito en esta empresa los distribuyó en doce monasterios, con doce monjes en cada uno de ellos. Aunque cada monasterio tenía su propio prior, el mismo Benito ejercía la dirección general sobre todos ellos, desde el monasterio de San Clemente.

No tenía regla escrita, aunque es posible que al principio se guiasen por la regla oriental de San Basilio. Según un viejo anal, seguían sencillamente el ejemplo de las obras de Benito. Romanos y bárbaros, pobres y ricos llegaban para colocarse bajo la dirección de un monje que no hacía distinciones de rango o de nación. Los padres traían a sus jóvenes hijos, ya que, en el caos que prevalecía, el modo de vida más seguro y feliz parecía ser el de los monjes. Gregorio nos habla de dos nobles romanos, Tertullus, un patricio, y Equitius, que llegaron con sus pequeños hijos Plácido, niño de siete años, y Maurus, de doce. Eran las avanzadas del tropel de niños que, en los siglos siguientes, serían educados en las escuelas benedictinas. De estos jóvenes y aristocráticos romanos, especialmente de Maurus, que andando el tiempo sería su coadjutor, Benito se cuidó minuciosamente.

También nos habla Gregorio de un rudo godo, sin tutor, que llegó hasta Benito y tras de ser bien recibido vistió el hábito monástico. Un día que se hallaba trabajando con un pico, para quitar la maleza de un pequeño terreno que estaba sobre el lago, la cabeza del pico se desprendió y desapareció en las aguas. Al saberlo Benito condujo al hombre junto a la orilla del lago, tomó el mango de su mano y lo introdujo en el lago. Inmediatamente surgió del fondo el pico de hierro y se unió por sí mismo al mango, después de lo cual Benito lo devolvió al asombrado godo diciéndole con voz suave : «Toma tu herramienta, trabaja y confórtate». Una de las acciones más grandes de Benito fue la de romper el viejo prejuicio que había en los monasterios contra el trabajo manual como algo degradante y servil. Durante siglos los romanos habían convertido en esclavos a los pueblos vencidos y ellos eran quienes hacían las tareas domésticas. Ahora los tiempos habían cambiado. Benito introdujo la idea nueva de que el trabajo no solamente era digno y honrado, sino que además conducía hacia la santidad; por ello era ineludible para todos los que se unían a la orden, lo mismo para los nobles que para los plebeyos. «Quién trabaja reza», fue la máxima que expresó la actitud benedictina.

No sabemos el tiempo que Benito permaneció en las inmediaciones de Subiaco, pero sí es seguro que estuvo el tiempo suficiente para establecer allí sus monasterios sobre bases firmes y permanentes. Su marcha parece haber sido impremeditada. En la vecindad vivía un sacerdote indigno llamado Florencio que envidiaba amargamente el éxito de la organización de Benito y la gran afluencia de gentes que llegaban a él. Florencio trató de destruirlo mediante la calumnia, luego le envió un pan envenenado que no logró su propósito. Por último, se dispuso a corromper a los monjes de Benito introduciendo en sus jardines mujeres de mala vida. Benito se dio cuenta de que los perversos propósitos de Florencio trataban de herirle a él personalmnte y decidió abandonar Subiaco para que las almas de sus hijos espirituales no tuvieran que sufrir más asaltos.

Dejando todas las cosas ordenadas reunió a los monjes, o a compuso su famosa Regla.' Gregorio dice que en ella puede percibirse «toda su propia manera de vida y su disciplina, pues el santo varón no podía enseñar diferente de como vivía». Aunque la Regla asevera servir únicamente para asentar un modelo de vida para los monjes de Monte Casino, también sirvió de guía para todos los monjes del Imperio de Occidente. Se dirige a todos los que, renunciando a su propia voluntad, cargan sobre sí «la fuerte y brillante armadura de la obediencia para luch..a bajo Nuestro Señor Cristo, nuestro verdadero rey». Prescribe un ejercicio diverso de oración litúrgica, estudio y trabajo físico en una comunidad bajo un padre. Fue escrita para seglares por quien no era sacerdote; solamente unos quinientos años después se requirieron las órdenes clericales a los benedictinos. Su ascetismo era razonable; los monjes se abstenían de carne y no rompían el ayuno hasta mediodía. Las austeridades autoimpuestas y anormales que podían dañar la salud no eran alentadas. Cuando un ermitaño que vivía en una cueva, cerca de Monte Casino, encadenó uno de sus pies a una roca, Benito, al cual pedía dirección, le envió este mensaje : «Si eres en verdad servidor de Dios, encadénate no con cadenas de hierro, sino con cadenas de Cristo.»

Lejos de confinar su atención a aquéllos que aceptaban su Regla, Benito extendió su solicitud a la gente de los alrededores. Curó a los enfermos, consoló a los afligidos, distribuyó limosnas y comida a los pobres y se dice que en más de una ocasión resucitó a los muertos. Cuando la región de Campania sufrió hambre, repartió todas las provisiones almacenadas en la abadía, con excepción de cinco panes. «Hoy no tenéis bastante —dijo a sus monjes al ver su decaimiento—, pero mañana tendréis demasiado.» Y la fe de Benito tuvo su recompensa. A la mañana siguiente unas manos desconocidas depositaron a las puertas del monasterio una gran donación de harina. Se cuentan otras historias acerca de sus poderes proféticos y de su habilidad para leer el pensamiento de los hombres. Un noble a quien él había convertido lo encontró sollozando en cierta ocasión y le preguntó la causa de su aflicción. Benito le asombró contestándole que el monasterio con todo lo que contenía sería entregado a los paganos y que los monjes apenas si lograrían escapar con vida. Esta profecía se hizo realidad unos cuarenta años más tarde, cuando la abadía fue asolada por una nueva ola de invasores, los paganos lombardos.

Mientras tanto, Totila, rey de los godos, había vencido al ejército del emperador Justiniano en Faenza y en el año 542 avanzaba triunfalmente a través de la Italia central, hacia Nápoles. Por el camino deseó visitar a Benito, de quien había oído cosas maravillosas. Por ello mandó aviso de su llegada al famoso abad, el cual contestó que lo recibiría. Para descubrir si verdaderamente Benito poseía aquel poder sobrenatural que se le atribuía, Totila mandó a Riggo, capitán de la guardia, que vistiese sus propios ropajes de púrpura y lo envió, acompañado de tres condes que solían ir con él, hasta Monte Casino. El engaño no sirvió para Benito, quien saludó a Riggo con estas palabras : «Hijo mío, quítate las ropas que llevas, pues no son tuyas». Riggo, confundido, se arrojó a los pies de Benito y en seguida se retiró para comunicar a su amo lo sucedido.

Entonces el propio Totila llegó a la abadía y, según dicen, quedó tan atemorizado que cayó postrado. Benito, alzándolo del suelo, le reprochó duramente sus crueldades y le predijo en pocas palabras todo lo que le acontecería. «Mucha maldad —le dijo— haces tú y mucha perversidad has hecho. Ahora, por lo menos, da fin a tu iniquidad. En Roma entrarás; cruzarás el mar, reinarás nueve años y morirás al décimo.»

Totila suplicó sus oraciones y se marchó, y a partir de entonces se dice que fue menos cruel. Con el tiempo avanzó hasta Roma, embarcó luego para Sicilia y en el año décimo perdió la corona y la vida.' Benito no vivió el tiempo suficiente para ver la profecía cumplida.

Aquél que había predicho tantas cosas supo también de antemano la proximidad de su muerte, y seis días antes de que acaeciera rogó a sus discípulos que cavasen su tumba. Cuando esto estuvo hecho, Benito cayó enfermo con fiebre y al sexto día, en medio de los hermanos que le sostenían, murmuró unas pocas palabras de oración y murió, de pie, con las manos alzadas al cielo. Fue enterrado junto a su hermana Escolástica 4 en el lugar en donde una vez se encontrara el altar de Apolo que él había destruido.

En el arte suele representarse a Benito con el rey Totila o con un dedo sobre los labios, sosteniendo la Regla o con las palabras Ausculta, O fili! («Escucha, ¡oh hermano!») saliendo de su boca. Sus símbolos recuerdan incidentes varios de su vida : le vemos con un mirlo, una criba rota, un capullo de rosa, un azote, una paloma, un globo de fuego o una escalera luminosa por la que asciende al cielo; a veces se le pinta con el rey Totila a sus pies.

La orden fundada por Benito se ha extendido por todo el mundo. El fue el principal autor de la conversión de las razas teutonas y dejó su huella en la educación, arte y literatura de Europa.

En el interior de sus claustros, siempre señalados por una atmósfera de trabajo y de industria, se copiaron una y otra vez los grandes escritos del pasado, que fueron guardados celosamente para las generaciones siguientes.

MARTIROLOGIO ROMANO. Fiesta de san Benito, abad, Patrono principal de Europa, que habiendo nacido en Nursia, fue educado en Roma y abrazó luego la vida eremítica en la región de Subiaco, viéndose pronto rodeado de muchos discípulos. Pasado un tiempo, se trasladó a Casino, donde fundó un célebre monasterio y compuso una Regla que se propagó de tal modo por todas partes, que ha merecido ser llamado “Patriarca de los monjes de Occidente”. Murió, según la tradición, el veintiuno de marzo. (c.480 - c.560).

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