Era uno de los tres discípulos que estaban siempre con Jesús en los momentos de mayor intimidad.
Pedro, Santiago y Juan. En la resurrección de la hija de Jairo, los tres entraron solos en la habitación y vieron el milagro. En Getsémaní, cuando Jesús sudó sangre, los tres estaban más cerca de él que nadie. En la transfiguración del monte Tabor, ocurrió lo mismo.
Luego sucedió lo de la cruz. Juan estaba con María y la Magdalena. Todos los demás se morían de miedo. El, sin embargo, estuvo al pie de la cruz. Por eso, Jesús le encomendó que cuidara de su madre. "Esta es tu madre". Y desde aquella hora, María vivió en casa de Juan.
Luego pasó el tiempo. Y cuando se puso a hacer de apóstol de verdad, el emperador Domiciano lo cogió y lo condenó a muerte. Lo metió en una caldera de aceite hirviendo. Pero Juan estaba como si aquello fuera una fuente de aguas termales. Lo sacaron de allí y lo desterraron a una isla de Grecia, la isla de Patmos. Allí vivió sus últimos días entre peñascos inhabitables.
Nos dejó escritos importantes: el cuarto evangelio, tres cartas y el Apocalipsis. Suyas son estas palabras: "Lo que oímos, lo que vieron nuestros ojos, os lo anunciamos ahora, para que creáis en el Hijo de Dios, y vuestra alegría llegue a su colmo".
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