Cipriano era un pagano cualquiera convertido al cristianismo a los 20 años. A los 34 le hicieron obispo de Cartago, su pueblo. Ese mismo año se desencadenaba una persecución terrible, y fueron muchos los cristianos que, por miedo, pasaron por el capitolio ofreciendo incienso a los dioses. A éstos, que habían renegado públicamente, ¿habría que bautizarlos de nuevo? Esa era la cuestión. A Cipriano le parecía que sí. El papa Cornelio dijo que no. Este santo papa, el año 253, era desterrado a CivitaVecchia, donde moría al poco tiempo.
Pasaron los años, y Cipriano siguió organizando las iglesias deshechas por la persecución. Enviaba cientos de miles de sestercios a todas las iglesias necesitadas; para ello, hacía colectas entre todos los fieles de la cristiandad.
Cipriano era grande. Hasta que aparecieron san Ambrosio y san Agustín, no se levantó en la Iglesia otro hombre como él. El año 257 el emperador Valerio publicaba un decreto contra los jefes de las iglesias. Naturalmente, el obispo de Cartago tenía que caer. Lo juzgaron y lo mandaron desterrado a Curubis, una antigua colonia de los romanos al suroeste de Cartago. Allí pasó algún tiempo, carteándose con las comunidades de Roma, animando a los hermanos, haciendo unidad entre todos. Por fin, lo llamaron de nuevo a juicio y lo condenaron a muerte por ser cristiano. De un hachazo le cortaron su grandiosa cabeza.
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