Los Santos Faustino y Giovita nacieron en Brescia de una familia aristócrata, y desde la más tierna edad fueron educados cristianamente. Durante la persecución de Adriano, se consagraron a la visita y al consuelo de los confesores de la fe cristiana. En premio de su constancia en este apostolado, Apolonio, entonces obispo de la ciudad, los admitió a los órdenes sagrados: Faustino fue hecho sacerdote y Giovita diácono.
Después de la consagración los santos hermanos duplicaron el celo y les proporcionaron a los prisioneros, más allá de la palabra de consuelo, la gracia de los Santos Sacramentos.
En igual tiempo se dedicaron a la predicación consiguiendo abundante fruto de conversiones. Pero mucho celo no pudo quedar a largo escondido: Juliano los denunció y los hizo parar.
Conducidos adelante a Adriano a emperador, de paso en aquellos días por Brescia, fueron invitados a sacrificar a las divinidades del imperio. “Jamás nosotros sacrificaremos a vuestras divinidades mentirosas, porque solo uno es el Dios verdadero: ¡Jesús Cristo el que se hizo hombre y muriò sobre la cruz por nuestra salvación!” contestaron con ánimo.
- Y yo os obligaré con las torturas, dijo el emperador - ¡Y nosotros no queremos ofender nuestro Dios con este acto de idolatría! - Yo os haré desollar vivos, os cortaré las manos si no echarais una manada de incienso sobre el turibolo del templo; os cortaré la lengua si no gritarais " ¡Viva las diviniades del imperio! "¡y luego os picarè a las ferias! - ¡Pero no nos te obedeceremos igualmente! Tus amenazas, o emperador, no nos hacen temblar, porque ¡sin el permiso de nuestro Dios, no puedes torcernos un sol cabello!
Adriano, después de las inútiles amenazas, los condenò a las ferias.
¡Ay, cuanto postre es el padecer y morir para el Dios! los santos hermanos cantaban mientras fueron conducidos al circo.
Fueron dados en comida a las ferias. Éstas salieron saltando con altos rugidos, pero llegadas cerca a los dos San, se agacharon a sus pies rozándolos dulcemente. A nada valieron los gritos, las instigaciones de los domadores y del pueblo, a nada valiò el prolongado ayuno de las fieras: no fue disparada todavía la hora de Dios.
Llevados fuera del circo, fueron traducidos a Milán y de Milán a Roma; luego a Nápoles, siempre hechos señal al ludibrio de la gentuza y sometidos a tormentos de cada especie. Pero los invictos confesores de Cristo rogaron y callaron, y el Dios les dio la fuerza para resistir y vencer.
De Nápoles estuvieron suspendidos a Brescia, donde se cumpliò su largo martirio, con la decapitación.
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