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Santo Domingo de Guzmán

Santo Domingo de Guzmán
nombre: Santo Domingo de Guzmán
título: Sacerdote y fundador de los Predicadores
recurrencia: 08 de agosto




Domingo, fundador de la gran orden de frailes predicadores que lleva su nombre, nació en el año 1170 en Calahorra, Logroño, España, de noble familia con ilustre parentela. Su padre, don Félix de Guzmán, ocupó el cargo de alcaide real de la plaza; su madre, mujer de insólita santidad, sería la Bendita Juana de Aza. Desde muy temprano fue decidido que Domingo seguiría la carrera de la Iglesia. Su devoción era tan evidente que cuando aún era estudiante, Martín de Bazán, obispo de Osma, le nombró canónigo de su catedral y los estipendios que recibió le ayudaron a continuar sus estudios. El ansia de saber de Domingo, así como su caridad, se nos muestran en una anécdota de los días que todavía era estudiante. Había reunido una colección de libros religiosos, escritos sobre pergamino, que él cuidaba con gran interés, pero cierto día vendió toda la colección a fin de obtener dinero y darlo a los pobres. «No puedo apreciar esas pieles muertas mientras haya pieles vivas muriendo de hambre y de necesidad», dijo Domingo.

A los veinticinco años fue ordenado y asumió sus deberes. El cabildo vivía bajo la regla de San Agustín y la estricta observancia dio al joven sacerdote la disciplina que iba a practicar y enseñar a otros durante toda su vida. Alguien que conoció a Domingo durante esta época escribió que era el primero de todos los monjes en santidad, frecuentando la iglesia de día y de noche y aventurándose muy raras veces fuera de los muros del claustro. Pronto fue nombrado subprior, y cuando el prior, Diego de Azevedo, se convirtió en el Obispo de Osma hacia el año 1201, Domingo le sucedió en el cargo. Por entonces ya llevaba seis o siete años de vida contemplativa.

Cuando, dos años más tarde, el obispo fue nombrado por el rey para encabezar una embajada que debía negociar el casamiento del hijo del rey, escogió a Domingo para que lo acompañara. Durante el viaje atravesaron el Languedoc, en el Sur de Francia, en donde la herejía albigense ganaba muchos adeptos' El hostelero de la posada en donde se albergaron era albigense, y Domingo pasó toda una noche discutiendo con él. A la mañana siguiente el hombre había sido convencido de su error. Desde ese día, según parece, Domingo se percató de que la obra que Dios requería de él debía realizarse a través de una vida activa de prédica por el mundo. Cuando los embajadores regresaron a Castilla, una vez llevada a cabo su misión, no tardaron en ser enviados nuevamente para escoltar a la joven prometida hasta su futuro hogar, pero llegaron únicamente a tiempo para asistir a sus funerales. Su séquito volvió a Castilla mientras que ellos se dirigían a Roma para pedir permiso al Papa Inocente III a fin de predicar el evangelio a los infieles de Oriente. El Papa los instó a quedarse y luchar en contra de la herejía que amenazaba a la Iglesia en Francia. El obispo Diego rogó que le fuera permitido renunciar a su episcopado, pero el Papa no lo consintió, aunque le dio permiso para quedare dos años en el Languedoc. Fueron a visitar el monasterio de San Bernardo en Citeaux, en donde los monjes habían sido escogidos para ir a convertir a los albigenses. Don Diego vistió el hábito cisterciense y, casi en seguida, se puso en camino junto con Domingo y un grupo de predicadores.

La doctrina albigense se basaba en el dualismo de dos principios eternamente opuestos, lo bueno y lo malo; toda materia se consideraba mala y el creador del mundo material como un diablo. Así, pues, se negaba la doctrina de la Encarnación y eran rechazados el Antiguo Testamento y el Sacramento. Para que una persona fuera perfecta o «pura» debía abstenerse de cualquier relación sexual y ser muy abstemia en la comida y en la bebida. El suicidio por inanición llegaba a ser considerado como un acto noble. De esta manera, el albigenismo, en su extrema forma, amenazaba la propia existencia de la sociedad humana. La mayoría de ellos no llegaba a tal austeridad, naturalmente, pero los que dirigían el movimiento mantenían un alto nivel ascético que contrastaba con el descuido de la observancia que mostraban los cistercienses, lejos de lo que se consideraba vida de santidad. Domingo y Diego aconsejaron a aquéllos que estaban a cargo de la misión que abandonaran sus caballos, séquitos y servidores. Y en cuanto fueron escuchados decidieron continuar el método de persuasión pacífica en lugar de las amenazas. El modo de vida que Domingo aconsejaba a los demás fue seguido por él antes que por nadie. Raramente comía otra cosa que pan y sopa; si bebía vino era con dos partes de agua; su cama era el propio suelo, a menos que ?como ocurrió alguna vez? estuviera tan extenuado que se quedara dormido a la vera del camino.

El primer encuentro de los misioneros con los herejes ocurrió en Servian en 1206 y entonces lograron varias conversiones. Luego predicaron en Carcasona y en las ciudades de los alrededores, pero no en todas partes tuvieron el mismo éxito. En un debate público los jueces hicieron sufrir la prueba del fuego a la profesión de fe escrita de Domingo, y se dice que tres veces el pergamino salió ileso de entre las llamas. La herejía, apoyada por los grandes señores espirituales y temporales del país, estaba enraizada en el pueblo, que parecía inconmovible ante las prédicas o los milagros. Diego, desalentado por los resultados, regresó a Osma dejando a Domingo en Francia.

En la Edad Media las mujeres solían ejercer gran influencia y Domingo estaba atónito ante la parte que tomaban en la propagación del albigenismo. También observó que muchas jovencitas católicas de buena familia quedaban expuestas a malos ejemplos dentro de sus propios hogares, o bien eran enviadas a los conventos albigenses para ser educadas. El día de Santa Magdalena del año 1206 tuvo una visión que le condujo a fundar un convento en Prouille, en la diócesis de Toulouse, para albergar nueve monjas que habían sido desviadas de la herejía. Para ellas escribió una regla de clausura estricta, de penitencia y contemplación, acompañadas del hilado de la lana como trabajo manual. Poco más tarde fue fundada una casa en la misma localidad para sus frailes predicadores, a quienes colocó bajo una regla estricta de pobreza, estudio y oración.

En 1208, después del asesinato del legado papal, el Papa Inocente hizo un llamado a todos los príncipes cristianos para que la herejía fuera suprimida por la fuerza de las armas. Las fuerzas católicas estaban dirigidas por Simón de Montfort y las albigenses por el conde de Toulouse. Montfort fue victorioso por doquier, pero tras él dejó muerte y destrucción. Domingo no tomó parte en esta terrible guerra civil. Valerosamente siguió predicando, acudiendo allí donde era llamado, viendo sólo lo bueno en aquéllos que le odiaban. Muchas veces se atentó contra su vida, y cuando se le preguntó lo que haría si sus enemigos lo capturaran, contestó : «Les diré que me maten despacio y dolorosamente, poco a poco, para que pueda llevar una corona más gloriosa en el Cielo.» Cuando los ejércitos de Montfort se acercaron al sitio en donde predicaba, hizo todo lo que pudo para salvar vidas humanas. Entre los propios cruzados, muchos de los cuales estaban del lado católico solamente en busca de botín, descubrió desorden, vicio e ignorancia. Domingo trabajó entre ellos con tanta diligencia y compasión como tuviera entre los herejes. Las fuerzas militares de los albigenses fueron finalmente destruidas en la batalla de Muret, en 1213, victoria que Montfort atribuyó a las oraciones de Domingo. El vencedor, sin embargo, no quedó satisfecho, y ante la gran congoja de Domingo, mantuvo cinco años una campaña de devastación hasta que, al fin, fue muerto en batalla.

Domingo no se hacía ilusiones acerca de la rectitud o la eficacia de establecer la ortodoxia mediante la fuerza armada ni tampoco tuvo nada que ver con los tribunales episcopales de la Inquisición que fueron establecidos en el Sur de Francia para actuar junto con el poder civil. Nunca aprobó la ejecución de aquellos infortunados que los tribunales condenaron por herejes. Sus biógrafos nos cuentan que en cierta ocasión salvó la vida de un hombre joven, camino del suplicio, asegurando a los jueces que si lo dejaban en libertad, aquel hombre moriría como buen católico. La profecía se cumplió años más tarde cuando aquel hombre entró en la orden dominicana. Domingo criticó al obispo de Toulouse por viajar acompañado de soldados, servidores y mulas de carga. «Los enemigos de la fe no pueden ser ganados así», dijo entonces. «Armaos con la oración en lugar de con la espada; cubríos con la humildad en vez de con finas telas.» Tres veces le fue ofrecido el episcopado y tres veces Domingo declinó la oferta, sabiendo que su obra debía llevarse a cabo de otra manera.

Así pasó cerca de diez años en el Languedoc, con su cuartel general establecido en Prouille, dirigiendo la misión y el trabajo de su grupo especial de predicadores. Su mayor deseo era el de revivir un verdadero espíritu apostólico en los ministros de altar, ya que había demasiados eclesiásticos católicos que vivían a placer y sin escrúpulos. Soñaba con una nueva orden religiosa, no como las anteriores, cuyos miembros vivían vidas de contemplación y oración en grupos aislados y que no debían ser sacerdotes necesariamente. Sus hombres deberían unir a sus oraciones y meditación una educación completa en teología y en los deberes del pastor y predicador popular. Como los primeros monjes, deberían practicar la abstinencia perpetua de la carne y vivir en la pobreza, dependiendo de la caridad para subsistir. Deberían dirigirse por una autoridad central para que pudieran trasladarse según las necesidades del momento lo requiriesen. Domingo esperaba poder abastecer a la Iglesia con predicadores expertos y celosos, cuyo espíritu y ejemplo difundieran la luz. En 1214 el obispo Foulques le otorgó un beneficio en Fanjeaux y dio su aprobación episcopal a la nueva orden. Pocos meses después llevó a Domingo consigo en su viaje a Roma para asistir alli al Cuarto Concilio de Letrán, como teólogo.

El Papa Inocente III aprobó el convento de Prouille también promulgó un decreto, que fue visto como el décimo canon del concilio, recordando a todos los clérigos parroquiales su obligación de predicar y haciendo notar la falta de pastores escogidos que fueran a la vez buenos en palabras y en obras. Dijo el Papa que la negligencia de la predicación era una de las causas de la ignorancia, desórdenes y herejías que por entonces cundían. Sin embargo, Domingo no encontró facilidades para obtener la aprobación formal a su orden predicadora. Había en ella demasiadas innovaciones que no podían concederse apresuradamente; además, el concilio acababa de votar en contra de la multiplicación de las órdenes religiosas? Se dice que Inocente había resuelto retirar su consentimiento, pero aquella noche soñó que la Iglesia de Letrán 3 se tambaleaba como próxima a derrumbarse y vio que Domingo se adelantaba para sostenerla. Fuera por lo que fuese, el Papa dio al fin su consentimiento oral al plan de Domingo, ordenándole que volviera al lado de sus hermanos y que escogiera una de las reglas ya aprobadas.

El pequeño grupo que se reunió en Prouille en el mes de agosto de 1216 consistía en ocho franceses, ocho españoles y un inglés. Después de cierta discusión escogieron la regla de San Agustín, la más antigua y menos detallada de las reglas existentes, la cual había sido escrita para sacerdotes por un sacerdote que era, también, un predicador eminente. Domingo añadió algunas provisiones especiales, tomadas algunas de ellas de la orden más austera de Premontré. Mientras tanto el Papa Inocencio murió en julio de 1216 y Honorio III fue elegido Papa. En octubre de ese mismo año, después de que Domingo había establecido un convento de frailes en Toulouse, marchó a Roma. Honorio confirmó su orden formalmente, así como sus constituciones, en el mes de diciembre. Los hermanos debían ser, según las palabras de la bula papal, «los campeones de la fe y las verdaderas antorchas del mundo».

En vez de regresar a Francia en seguida, Domingo se quedó en Roma hasta la Pascua siguiente para poder predicar. Sugirió al Papa que ya que muchos clérigos de su corte no podían asistir a las lecturas y cursos del exterior, sería muy conveniente un maestro de estudios sagrados que allí residiera. Entonces Honorio creó el cargo de Maestro del Palacio Sagrado, cuyo ex oficio funge como canónigo y teólogo personal del Papa, nombrando sus predicadores y asistiendo a los consistorios. El Papa ordenó a Domingo que ocupara el cargo temporalmente y, desde entonces, siempre ha sido dado a un miembro de su orden. Mientras se hallaba en Roma, Domingo compuso un comentario a las epístolas de San Pablo, muy comentado en su tiempo, pero que, al igual que sus cartas y sermones, ha desaparecido.

Durante ese tiempo Domingo trabó amistad con el cardenal Ugolino y con Francisco de Asís. La historia cuenta que, en sueños, Domingo vio al mundo pecador amenazado por la ira divina, pero salvado gracias a la intercesión de la Virgen, la cual señaló a su Hijo dos personas, una de las cuales Domingo reconoció como la suya propia mientras que la otra le era desconocida. Al día siguiente, en la iglesia, vio a un hombre pobremente vestido al que en seguida reconoció como al desconocido de su sueño. Era Francisco de Asís. Domingo se dirigió hacia él y lo abrazó exclamando : «Eres mi compañero y debes caminar conmigo. Pues, si estamos unidos, ningún poder en el mundo podrá comparársenos.» Este encuentro de los dos fundadores de las dos grandes órdenes de frailes, cuya misión especial iba a ser la de salir al mundo para salvarlo, sigue conmemorándose dos veces al ario, cuando en sus respectivos días de fiesta los hermanos de ambas órdenes cantan la misa juntos y se sientan luego a la misma mesa.

El carácter de Domingo contrastaba profundamente con el de Francisco; pero, a pesar de ello, siguieron unidos en el terreno común de la fe y de la caridad.

El 13 de agosto de 1217, los frailes predicadores, popularmente conocidos más adelante como los dominicos, se reunieron como orden en Prouille, por vez primera. Domingo les habló de los métodos de predicar y les instó al estudio y a la preparación. También les recordó que su deber principal era su propia santificación, pues debían ser los sucesores de los apóstoles. Debían ser humildes y poner toda su confianza únicamente en Dios, pues sólo así podrían ser invencibles contra la maldad. Dos días después, Domingo dispersó el pequeño grupo, mandándolos en todas direcciones. Envió cuatro a España, siete a París, dos a Toulouse y dos que debían quedar en Prouille. El propio Domingo regresó a Roma. Tenía la esperanza de que quizá le sería posible dimitir el puesto y marchar a predicar a los tártaros, pero el Papa Honorio no dio su consentimiento.

Los cuatro años que le quedaban de vida a Domingo los pasó enfrascado en la tarea de desarrollar la orden. Honorio le dio la iglesia de San Sixto en Roma como centro de sus actividades. Predicó en muchas iglesias de la ciudad, incluyendo la de San Pedro. Una vieja crónica nos dice que una mujer llamada Gutadona, al regresar a su casa después de haber oído su prédica, halló muerto a su pequeño hijo. En su aflicción lo alzó de la cuna y lo llevó hasta la iglesia de San Sixto para depositarlo a los pies de Domingo. Éste murmuró unas pocas palabras de ferviente oración, hizo el signo de la cruz y en seguida el niño volvió a la vida. El Papa hubiera querido que este milagro fuera proclamado desde el púlpito, pero las súplicas de Domingo les hicieron desistir.

En esa época vivía en Roma buen número de monjas, sin clausura y casi sin seguir regla alguna, unas reunidas en pequeños conventos, otras viviendo en casas de parientes o amigos. Honorio pidió a Domingo que reuniera todas aquellas monjas en una sola clausura. Domingo dio a las monjas su propio monasterio de San Sixto, que entonces estaba lleno. Se le dio una casa en la colina Aventina con la iglesia adjunta de Santa Sabina para albergar a sus frailes.

En la Universidad de París se había fundado una casa de la orden y Domingo envió a un contingente para establecer otra en la Universidad de Bolonia, que llegaría a ser uno de sus más famosos establecimientos. En 1218 viajó a través del Languedoc hasta su España nativa y fundó un convento de frailes en Segovia, otro en Madrid y un convento de monjas dirigido por su hermano. En abril del año 1219 regresó a Toulouse y desde allí fue hasta París, primera y única visita que hizo a esa ciudad. A su regreso fundó casas en Aviñón, Asti y Bérgamo en Lombardía. Hacia fines del verano, Domingo llegó a Bolonia, en donde viviría hasta su muerte. En 1220, el Papa Honorio le confirmó el título de Maestre General de la Orden de Hermanos Predicadores, y el primer cabildo general se reunió en Bolonia. Las últimas constituciones fueron entonces redactadas, las cuales harían que la orden fuera lo que desde entonces ha sido llamada : «la más perfecta de las organizaciones monásticas que la Edad Media ha producido». Ese mismo año, el Papa le encargó, junto con otros monjes de otras órdenes, que emprendiera una cruzada de predicación en Lombardía. Bajo la dirección de Domingo, cien mil herejes fueron devueltos a la Iglesia.

Aunque Domingo había esperado poder viajar a tierras bárbaras para predicar y correr el riesgo de sufrir el martirio, esto le fue negado. El ministerio de la Palabra, no obstante, iba a ser el anhelo principal de su gran orden. Aquellos miembros que poseían el talento de predicar no iban a descansar jamás, excepto durante aquellos intervalos que les eran asignados como retiro. Debían prepararse para su vocación mediante la oración, autonegación y obediencia. Domingo solía repetir el dicho: «El hombre que gobierna sus pasiones es dueño del mundo. O bien las dominamos o somos dominados por ellas. Es mejor ser martillo que clavo.» Enseñó a sus frailes el arte de llegar al corazón de los oyentes animándolos con el amor hacia los hombres. Cierta vez, después de haber dicho un sermón conmovedor, le preguntaron en qué libro lo había aprendido, y él contestó : «En ninguno si no es en el del amor.»

Domingo no alteró jamás la disciplina severa que estableciera desde el principio. Cuando regresó a Bolonia en 1220 se turbó al ver que un magnífico monasterio había empezado a construirse para uso de sus frailes. No permitió que fuera terminado. Esta fuerte disciplina fue lo que hizo que la orden cundiera rápidamente. En la época del segundo cabildo general en Bolonia, en el año 1221, contaba unas sesenta casas divididas en ocho provincias. Ya entonces había hermanos vestidos de negro en Polonia, Escandinavia y Palestina, y el hermano Gilberto, junto con doce ayudantes, había establecido monasterios en Canterbury, Londres y Oxford. La Orden de los Predicadores se ha extendido por todo el mundo y se ha hecho notar especialmente por su alto grado de intelectualidad; se ha convertido en el portavoz de la teología y filosofía escolásticas de nuestros días. Hay establecimientos dominicanos adyacentes a casi todos los principales centros de saber del mundo, y su fundador ha sido llamado «el primer ministro de instrucción pública en Europa». Los dominicos están enclaustrados, pero hay una Tercera Orden para aquellos trabajadores activos en el mundo, tanto religiosos como laicos.

Al finalizar el segundo cabildo general, Domingo visitó al cardenal Ugolino en Venecia, después de lo cual se sintió enfermo y fue llevado al campo. Sabía que su fin estaba próximo y por ello hizo su último testamento resumido en unas pocas y sencillas palabras : «Éste, queridos míos, es el legado que os dejo como a mis hijos; tened caridad entre vosotros; apreciad la humildad; mantened la pobreza.» Pidió ser trasladado a Bolonia para poder ser enterrado «bajo los pies de sus hermanos». Éstos, reunidos en torno suyo en una noche de agosto, dijeron las oraciones para el agonizante; en el Subvenite, Domingo repitió las palabras y murió. Tenía solamente cincuenta y seis años. El santo murió «en la cama del hermano Moneta, ya que no tenía cama propia, y con el hábito del hermano Moneta, pues no tenía ningún otro que reemplazara el que desde mucho tiempo venía usando».

Jordán de Sajonia, sucesor de Domingo y maestre general de la orden, escribió sobre él: «Nada turbó nunca la suavidad de su espíritu de no ser la rápida simpatía que sentía ante cualquier sufrimiento. Y como el rostro de un hombre muestra de inmediato si es feliz o no, era fácil deducir por su alegre y amistosa apariencia que era un hombre en paz interiormente.» Cuando en el año 1234 el Papa Gregorio IX, antes cardenal Ugolino, firmó el decreto de canonización, dijo que no dudaba de la santidad de Domingo, al igual que no podía dudar de la santidad de San Pedro o de San Pablo.

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